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«EGIPTOLOGÍA CIENTÍFICA Y DIVULGATIVA»

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¿Cuál era la identidad de la 'Reina Doliente'? (y III)

 

por Rafael Gómez Portela

 



Reinado en solitario de Anjesenamón

La reina atesora las dos dignidades que le permiten reinar en solitario sin necesidad de compartir el trono con un marido al cual deba legitimar: es Esposa del Dios y Esposa del Rey.

Su descendencia directa de Ajenatón y Nefertiti la valida para gobernar como soberana y, de hecho, no hubiera sido el primer caso en la historia de Egipto: además de la relativamente cercana experiencia de Hatshepsut, están documentados los reinados femeninos de Nitocris, en la VI dinastía, y de Escemiofris, en la XII dinastía, estos dos últimos casos compartiendo con el de Anjesenamón una etapa de profunda regresión de las instituciones egipcias.

Esta hipótesis permitiría explicar la autonomía de decisión que las dos misivas enviadas a Shupiluliuma encierran. La autora de las mismas sabe que está autorizada y legitimada para elegir marido, así como para regir los destinos de Egipto. En definitiva, es la soberana.

También hace comprensible las distintas reacciones hititas. Shupiluliuma, en particular, y los reyes de Hatti en general, están acostumbrados al mantenimiento de relaciones diplomáticas con su entorno, conjuntamente con su eficacia militar han corroborado y corroborarán en el futuro su capacitación para los finos tejemanejes políticos.

Shupiluliuma jamás se habría parado a pensar, mucho menos a embarcarse, en una aventura como ésta si no contara con un interlocutor válido, de modo que el envío de su chambelán y la aceptación final de que uno de sus hijos se convierta en faraón de Egipto sólo pueden estar motivados por la constatación de que el proyecto es viable y de que quien lo apadrina goza de la autoridad suficiente para sustentarlo.

Tumba de Tutanjamón. Ay investido como nuevo faraón. En un acto inusual para el sucesor, practica el rito de la Apertura de la Boca al monarca fallecido. Lleva puesta la piel de pantera símbolo de los sacerdotes funerarios

Sin embargo, esta explicación, que tantas puertas nos abre, no consigue aclarar por qué Ay es reflejado en la tumba de Tutanjamón como monarca.

Para solventar este escollo hemos de considerar la posibilidad de que el llamamiento al hitita no se produzca tras la muerte de Tutanjamón, sino tras el fallecimiento de Smenejkare. La temprana muerte del corregente de Ajenatón, imprevista, en plena crisis y sin descendencia, agotando además la línea masculina de acceso al trono (salvo por Tutanjamón, cuya paternidad nos es desconocida y que sería un tierno niño en el momento de la muerte de Smenejkare), habría elevado a Anjesenamón al trono de Egipto.

Su situación, no obstante, no sería ni mucho menos cómoda. En el exterior Hatti se revuelve en la frontera de las posesiones egipcias y en el interior los manejos de Ay y Horemheb, así como sus presiones sobre la reina, debieron ser inminentes y constantes. Impelida por las circunstancias, Anjesenamón no vislumbra otra salida que ofrecer el trono de Egipto a Hatti, para de esta manera disponer de los apoyos de los que carece dentro de los límites de su país y aliviar las tensiones que se ciernen sobre los satélites asiáticos, buscando la alianza matrimonial con su principal enemigo.

El descubrimiento de la estratagema habría desembocado en el asesinato de Zanuanzas y en la entronización de Tutanjamón, aun siendo un niño, por ser el único vínculo masculino con Ajenatón.

 

Anjesenamón y la 'Reina Doliente' no son la misma persona

Sin embargo, pese al esfuerzo por desterrar los enigmas, la argumentación precedente también deja oscuros huecos por rellenar. Anjesenamón, hija de rey, Esposa del Dios, Esposa del Rey, títulos que la avalan para transmitir la legitimidad al trono, es culpable de un delito de lesa majestad: traición. Aun valorando los atributos que la convierten en codiciada doncella para el asalto al trono de cualquier hombre egipcio con el suficiente poder y medios, su delito la inhabilita para continuar presente en la vida pública. Ni su matrimonio con Tutanjamón ni el posterior con Ay hubieran tenido sentido entonces.

¿Hemos de llegar a la conclusión de que en realidad no fue Anjesenamón quien escribió las cartas y quien gobernó en solitario en Egipto por un breve espacio de tiempo? Si es así, ¿quién es la reina doliente?

Estas nuevas preguntas nos asoman a dos líneas de inquisición: la identidad de la reina anónima y el momento histórico en el que actúa.

Para hallar una candidatura adecuada tendremos que retroceder a la tabla que mostraba los hechos relacionados con los descendientes de Ajenatón. Descartada Anjesenamón, hemos de hacer lo mismo con las fallecidas Meketatón, Setepenre y Nefernefrure. Así pues, sólo nos restarían tres opciones: Nefertiti, Meritatón y Kiya. Todas ellas han sido catalogadas como “desaparecidas”. Es una lástima la extraordinaria habilidad de los miembros de la familia de Amarna para esfumarse de la vida pública.

Desaparecidas no equivale formalmente a fallecidas. Es sinónimo sencillamente de que dejamos de tener noticias suyas a través de los textos: ni en documentos, ni en representaciones pictóricas o escultóricas, ni en los jeroglíficos que acompañan a éstas se hace mención alguna, ni de la reina (desde el año 13/14 de Ajenatón), ni de la princesa real (año 16/17), ni de la esposa secundaria (año 16).

Será preciso tomar cada una de las figuras por separado y emprender otra vez el intento de esclarecer la identidad de la reina doliente.

Se hace difícil atribuir la personalidad de nuestra enigmática reina a Meritatón. En el momento de su desaparición de la escena es una niña que cuenta entre 8 y 10 años. No tiene, debido a su corta edad, experiencia en las tareas de gobierno ni entendimiento para comprenderlas y abordarlas. Podría haber sido utilizada como vehículo de transmisión del derecho al trono, mas hay otras princesas, hermanas suyas (Anjesenamón) con mayor cualificación.

Tampoco Kiya reúne los requisitos que estamos buscando. Su participación en el ámbito político parece haber sido nula, circunscribiéndose su actividad al entramado familiar. No aporta descendientes válidos a la corona, ya que no se certifica el alumbramiento de ningún varón y Nefernefrure y Setepenre, con independencia de que realmente fueran hijas suyas o no, han muerto. Por último, y no por ello menos significativo, el templo solar construido en su honor por Ajenatón, el Maru-Atón, fue remodelado en beneficio de Meritatón, prueba quizá suficiente, aunque no definitiva, de su fallecimiento.

La sucesiva restricción que hemos aplicado entre las nominadas nos empuja hacia Nefertiti. Su apartamiento de los actos oficiales de la corte se produce en la etapa final del reinado de su esposo. Aun a riesgo de manifestar una opinión que no está documentada, el motivo que debió llevar a Ajenatón a esta, en principio, dolorosa decisión hubo de ser más personal que político. A lo largo de su andadura juntos, no hay ninguna evidencia de disconformidad entre los planteamientos del faraón y las actitudes de la reina. Nefertiti aparece siempre a su lado, las relaciones entre ellos son cariñosas, la reina es parte integrante del culto a Atón, con el que se siente identificada y con el que se la identifica. Probablemente la falta de una descendencia masculina obligó al soberano a relegar a Nefertiti al anonimato, ya fuera porque después del último parto se hizo flagrante la imposibilidad de que volviera a ser madre, ya fuera por una enfermedad o ya por la desesperanza de Ajenatón ante lo proclive de su esposa a concebir hijas. Resulta plausible que Ajenatón comprendiera que la consolidación de su proyecto de un nuevo Egipto no estaría bastantemente defendida sin la aportación al mismo de un hijo varón que tomara el testigo a su muerte y, de ahí, una causa estrictamente fisiológica pasó a ser una cuestión de Estado.

El prestigio de Nefertiti era indiscutible. Quizá desde su reclusión forzosa siguió manteniendo una posición preeminente dentro del escalafón de la corte y el vacío de poder originado por el ascenso junto al dios de Ajenatón la forzó a tomar una postura desesperada, en un intento que se revelaría vano, por salvar del naufragio la revolución nacida de la mente de su marido. Pero no nos queda más remedio que movernos dentro del terreno de la especulación.

Estela de la tumba de Pase. Nefertiti luciendo la corona del Bajo y del Alto Egipto. ¿Representación simbólica o realidad política? (fotografía cedida por Miguel Angel Díaz)

La asociación al trono de Smenejkare parece desmentir la teoría… salvo que la propia Nefertiti asumiera el gobierno bajo ese nombre, en cuyo caso sería ella la que habría reinado en solitario por un lapso de tiempo indeterminado aunque necesariamente corto. De acuerdo con la interpretación de los epítetos de Smenejkare (Anjeperure mer Waen’Re [sic]) como Anjeperure amado de Ajenatón, tomados de la página 99 de la citada obra de Miguel Ángel Díaz, ¿quién fue más amada por Ajenatón que Nefertiti? Y si en la estela de Pase, militar de la época, Nefertiti aparece representada con la corona del Alto y del Bajo Egipto ¿acaso hay una mayor simbología para el faraón que portar el pschent?

Nefertiti, alejada del gobierno y de la dirección del culto de Atón por su supuesta incompetencia para dar a luz un hijo varón, sobrevive expectante ante los acontecimientos que se avecinan. La muerte de Ajenatón provoca un vacío de poder político que impone a la antigua reina la obligación de asumir el gobierno del país y ante la reacción en contra que este hecho provoca y ante las continuas presiones de las diferentes facciones enfrentadas entre sí, escoge el camino más insospechado: el matrimonio con un príncipe real hitita.

Por supuesto, no es más que una teoría que quizá el tiempo y subsiguientes descubrimientos arqueológicos se encargarán de verificar o rechazar.

Pero antes de dejar a nuestra reina doliente inmersa en sus penurias retomemos por última vez los Anales de Mursil II. Según el autor de la traducción con la que se trabaje existen pequeñas diferencias semánticas que son resueltas de diversa forma. Para algunos, cuando Shupiluliuma acusa recibo de la primera carta, se traslada de manera inmediata a Hatusas. Para otros, todavía continúa algún tiempo ocupado en el asedio de Karkemish, pero en ambos casos hay coincidencia al declarar que el cronista hace partir al rey poco después hacia su capital con el fin de pasar en ésta el invierno.

En la Antigüedad las campañas militares se supeditaban en buena medida a la climatología, de modo que no solían durar más de 5 ó 6 meses, desarrollándose paralelamente a la primavera y el verano. Si cuando el mensajero egipcio entrega el documento a Shupiluliuma el invierno ya está cercano, por enésima vez la fecha no concuerda con la establecida para la época del año acordada para la muerte y el posterior entierro de Tutanjamón.

 

La filología escondida del texto

A la vez tan cerca y tan lejos. En raras ocasiones el investigador se tropezará ante un vestigio tan concluyente y claro sobre un hecho concreto y, sin embargo, su desciframiento se diluirá como un azucarillo al contacto con el agua, porque el mismo texto de los anales de Mursil II publica el nombre de los actores: Dahamunzu para ella y Nibjuruiya para él. Sin embargo, hasta la fecha ha sido imposible reconocer los personalia que se esconden tras estos seudónimos.

Con respecto a Dahamunzu, sólo después de mucho tiempo se ha llegado a la conclusión de que se trata de TA-HEMET-NESU, es decir, “la esposa del rey” [4]. Casi parece una ironía del destino. Ya sabíamos que se trataba de la esposa del rey, pero esta denominación no nos ilumina sobre qué rey, ni sobre qué reina viuda.

Y en cuanto a Nibjuruiya la suerte ha sido algo menos esquiva, pero por el contrario nos ha dejado un dilema hoy por hoy insoluble. Nibjuruiya se correspondería con la transcripción cuneiforme del egipcio Nebjeperure, es decir, el nombre de trono de Tutanjamón, prácticamente igual al nombre de trono de Ajenatón, Neferjeperure, que en cuneiforme sería Napjuruiya. Para un escriba hitita, cuyo idioma vernáculo no es el egipcio y que traslada sus sonidos a la tablilla de barro cocido que será guardada en los archivos reales, la diferencia fonológica entre el nombre de uno y otro monarca debía ser muy compleja de captar. ¿Se produjo un error de transcripción? ¡Quieran los dioses que nuestro escriba no padeciera algún tipo de impedimento en la trompa de Eustaquio!

 

Conclusiones

¿Anjesepaatón/Anjesenamón? ¿Kiya? ¿Nefertiti? ¿Alguna otra? El nombre y los apellidos de la reina doliente siguen siendo un enigma. El objetivo del presente trabajo no apuntaba tan alto como para poner un cartel identificador a esta mujer angustiada por las circunstancias. Pero esperemos que, al menos, no haya contribuido a lo contrario, a oscurecer aún más su identidad.

Los anacronismos entre fechas llevan al autor, con toda la moderación de la que es capaz, a inferir que la autoría de las cartas a favor de Anjesenamón sólo es posible imaginando un reinado en solitario y que el momento que la impulsó a escribir al rey hitita no coincidió con la muerte de Tutanjamón. No obstante, la secuencia de hechos y su ubicación temporal hacen poco probable, desde este mi particular punto de vista, que en ningún caso Anjesenamón sea la reina doliente.

Por otras razones, ése es también el dictamen para Kiya.

Quizá lo fuera Nefertiti, pero aún son pocos los elementos de los que disponemos para adjudicarle a ella una identidad tan difusa como apasionante.

A modo de resumen, fuera quien fuese la mujer que al borde de su abismo personal y el de su país, estuvo a punto de cambiar el curso de la historia, respondía al siguiente perfil:

a) Vivió en un momento de profunda crisis interna en Egipto.

b) Una parte de esta crisis vino motivada por la ruptura de la línea dinástica masculina natural.

c) Esta ruptura vino propiciada por la muerte de Ajenatón.

d) Reinó en solitario durante un corto pero intenso periodo de tiempo.

e) Fue reconocida por el entorno geográfico, al menos por Hatti, como soberana de Egipto.

f) Su aventura, considerada contra natura por las autoridades que la sucedieron, provocó el castigo de no representar el fin de sus días y de borrar todo vestigio de su recuerdo como faraona de Egipto.


BIBLIOGRAFÍA

BRIER, BOB, El asesinato de Tutankhamon. La verdadera historia, Barcelona, Editorial Planeta, 1998.

DEVIDAL, ELISE, La lettre aux Hittites, París, Hatti-Asociation des Amis de la Civilization hittite (www.multimania.com/hatti/index.html), Magazine Haluka, número 4. Dirección del artículo: www.multimania.com/hatti/en/frame.html , 1998.

DÍAZ, MIGUEL ÁNGEL, La época Amarna y sus protagonistas, www.geocities.com/Athens/Atlantis/8322

LALOUETTE, CLAIRE, Memorias de Ramsés el Grande, Barcelona, Grijalbo-Mondadori, 1994.


[4] La lettre aux Hittites de Elise Devidal, Revista en línea Haluka, número 4, París, septiembre 1998, pp. 3.


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