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«EGIPTOLOGÍA CIENTÍFICA Y DIVULGATIVA»

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¿Cuál era la identidad de la 'Reina Doliente'? (II)

 

por Rafael Gómez Portela

 



El texto de la discordia

«En el momento en el que mi padre estuvo en el país de Karkemish, envió a Lupakki y Tarlunta-Zalma al país de Amka. Fueron para atacar a Amka y conseguir desterrados, ganado vacuno y ovino a mi padre. Pero cuando los egipcios fueron conocedores del ataque a Amka, tuvieron miedo y como, para colmo de sus males, su señor Nibjuruiya había fallecido, la reina de Egipto, Dahamunzu mandó un mensajero a mi padre y le escribió lo que sigue: "Mi esposo ha muerto. Carezco de hijo varón. Pero vos, se dice, tenéis muchos hijos varones. Si quisierais enviarme a uno, se convertiría en mi esposo. ¡Jamás elegiré a uno de mis servidores como esposo!.."

Cuando mi padre conoció tal cosa, convocó en consejo a los Grandes y dijo: "¡Nunca ha sucedido algo así en toda mi vida!" Así la situación, mi padre envió a Egipto a Hattusaziti, el chambelán con una orden: "¡Ve allí y tráeme contigo la verdad! ¡Quizás me estén engañando! ¡Quizás sí tengan un hijo de su señor! ¡Tráeme contigo la verdad!"»

El comandado hitita regresa a su país con el resultado de sus pesquisas reflejado en una segunda carta de la reina doliente:

«¿Por qué habéis dicho "me engañan" de tal forma? Si yo tuviera un hijo ¿habría escrito a un reino extranjero sobre mi propia vergüenza y sobre la vergüenza de mi país? No me creísteis y además habéis hablado así de mí. El que era mi esposo ha fallecido. ¡No tengo hijo varón! ¡Jamás elegiré a uno de mis servidores como marido! No he escrito a ningún otro país. ¡Sólo a vos os he escrito! Es dicho que tenéis muchos hijos: ¡dadme entonces a uno de vuestros hijos! Para mí será marido, pero en Egipto será soberano.

Así, ya que mi padre era hombre de buen corazón, escuchó la palabra de la mujer y se ocupó del asunto del hijo.» [3]

El texto aquí expuesto pertenece a la traducción de los Anales de Mursil II, segundogénito y sucesor de Shupiluliuma I. Gracias a la práctica extendida entre las monarquías orientales, de la que también son fiel reflejo Egipto y Asiria, de recopilar los hechos más importantes de cada reinado en textos literarios con vocación histórica (sin obviar su tendencia propagandística), el rastreo arqueológico ha rescatado del olvido este trascendental documento que nos da cuenta de la desgarrada petición de la reina doliente.

Antes de pasar a exponer un intento de descorrer el velo que esconde la autoría de las dos cartas enviadas por la reina de Egipto al rey de Hatti, conviene detenerse, aunque sea brevemente, en el análisis del testimonio de Mursil:

Contexto histórico

Tablilla de arcilla con signos cuneiformes que recoge un fragmento de los Anales de Mursil II.

Nos hallamos en la tercera campaña siria de Shupiluliuma, quien está preparando el asedio de Karkemish. Previamente, con el fin de proveerse de avituallamiento, ha dirigido un ataque contra Amka, ciudad fortificada adepta a Egipto que se encuentra en el extremo norte de sus posesiones asiáticas.

Dado que con posterioridad comprobaremos que se produce una segunda expedición contra este emplazamiento por parte hitita, hemos de deducir que se trata tan sólo de una predatoria encaminada a la obtención de recursos materiales y no de una operación de ocupación efectiva.

Contexto bilateral

El acto de atacar un territorio bajo soberanía egipcia supone no ya una declaración de hostilidad y puesta en entredicho de la autoridad del faraón, sino la ruptura del acuerdo de paz que había sido firmado entre Ajenatón y Shupiluliuma, signo inequívoco tanto del poderío hitita como de la debilidad egipcia y del sentido que la valoración de Egipto como país merecía a sus convecinos en el primer tercio del siglo XIV a. C.

La crónica de Mursil y el acto de guerra de Shupiluliuma nos confirman que los hechos son posteriores a la muerte de Ajenatón.

Contexto político interno

La reina doliente no encuentra una alternativa digna a la línea dinástica egipcia. La fractura que conmueve los cimientos del país del Nilo aboca a una solución de urgencia que se busca fuera de sus fronteras, fuera de sus tradiciones, fuera de su concepción filosófica del mundo y de la sociedad. El faraón es la piedra angular sobre la que converge el edificio ideológico egipcio, aquél que garantiza la armonía de acuerdo con el gobierno de los dioses. Al igual que en la leyenda artúrica, cuando Lanzarote descubre a Excalibur hundida en la tierra, abandonada por su amo y le hace exclamar “¡La tierra sin rey!”, así Egipto ha perdido el rumbo e igualmente carece de rey.

Pero la reina es consciente de ello y también del estigma que conlleva su proceder, por ello califica como una vergüenza personal y de Estado, en la segunda de las misivas, el contenido de su petición.

Contexto político externo

Por primera y última vez en toda la historia del Egipto faraónico, se solicita la intervención de una potencia extranjera, que además es hostil, en el gobierno de la nación. Hecho sin precedentes y que de haberse llevado a efecto hubiera supuesto una metamorfosis radical de la civilización egipcia. Pero no solamente se implora esta injerencia, sino que además se exige un rey enemigo para perpetuar la sucesión dinástica de la realeza.

De entre las opciones que se le presentan a la reina, elige a Hatti por ser el país que ha demostrado en los últimos años una preponderancia más evidente en el panorama internacional y también porque es quien con más cercanía amenaza las fronteras egipcias. La ineficacia de la política exterior faraónica obliga a una alianza poco corriente para librar de tensiones las fronteras del país.

 

La visión ortodoxa de la Egiptología

 El descubrimiento de los Anales de Mursil II y de la correspondencia de la reina doliente con Hatti ha dado pie a múltiples interpretaciones. Sin embargo, una entre todas es la que ha sido mayoritariamente aceptada a pesar de que las revisiones de los últimos años la han puesto seriamente en duda.

Pasemos ahora a exponerla: hacia el octavo o noveno año de Tutanjamón éste fallece de forma inesperada sin haber obtenido descendencia de su matrimonio con Anjesenamón. Ante las presiones a las que la viuda se ve sometida por parte de la administración y del ejército, sectores respectivamente encabezados por Ay y Horemheb, opta por dirigirse al rey de Hatti, Shupiluliuma, con el fin de que éste acepte enviarle a uno de sus hijos para desposarle y convertirle en faraón.

La legación egipcia, que como hemos visto encuentra al hitita en las inmediaciones de Karkemish, le entrega la primera carta de la reina. Siguiendo con el relato registrado en los Anales, Shupiluliuma regresa a su capital y convoca el Consejo de los Grandes con el fin de someter la petición a su reconocimiento. Tras las deliberaciones de este órgano, el rey hitita decide enviar a Egipto a un embajador que se entreviste con la reina y analice la situación in situ, ya que tiene dudas acerca de la sinceridad de las palabras vertidas en la misiva.

La reunión entre el legado hitita y la reina da como resultado una segunda carta, aún más imperiosa que la primera, en la que la egipcia reitera su petición a la vez que, con su más desgarrada desesperación, reprocha a Shupiluliuma sus reticencias.

Finalmente, el soberano de Hatti da por buenas las explicaciones de su enviado y ordena el traslado de uno de sus hijos, Zanuanzas, a Egipto para que efectivamente despose a la reina doliente y se convierta en faraón.

Pero el príncipe jamás llegará a su destino, en el transcurso del viaje es asesinado. A partir de aquí, los acontecimientos se precipitan. En Egipto, Ay contrae matrimonio con Anjesenamón y es elevado a la dignidad de faraón. Por su parte, Shupiluliuma, enterado del magnicidio, dirige sus tropas nuevamente contra Amka como paso previo a la invasión de Egipto. Pero en el cerco a la ciudad sus tropas contraen la peste y se ven obligadas a retirarse, propagando la enfermedad dentro del propio territorio hitita.

Nada más volverá a saberse de Anjesenamón quien, al igual que otros miembros de la familia de Amarna, desaparece sin dejar rastro.

La aventura de la reina doliente ha concluido.

Antes de proceder al análisis de los Anales y a la interpretación de los hechos que en ellos se narran, es importante que hagamos un breve inventario de los viajes que tienen lugar, ya que nuevamente el tiempo y las fechas cobrarán una capital trascendencia y será conveniente también que tengamos en cuenta la afirmación mantenida por la egiptóloga Claire Lalouette en su libro Memorias de Ramsés el Grande, una biografía del faraón a través de textos de la época, quien al hablar de las comisiones de juristas hititas y egipcios que participaron en la redacción del tratado de paz entre Ramsés II y Hatusil III afirma que la duración del viaje entre ambas capitales, Pi-Ramsés y Hatusas, se prolongaba por un espacio de dos meses:

a) Viaje del comisionado egipcio a Karkemish.

b) Traslado de Shupiluliuma desde Karkemish a Hatusas.

c) Viaje del embajador hitita desde Hatusas hasta Egipto.

d) Vuelta del embajador hitita desde Egipto hasta Hatusas.

e) Viaje del príncipe Zanuanzas desde Hatusas a Egipto.

Incongruencias cronológicas

Hasta aquí hemos ido recopilando los datos que la historia nos ha concedido conocer de unos hechos acaecidos hace más de 3.300 años. Pero en nuestro periplo a través del tiempo, nos toca ahora poner en funcionamiento nuestra capacidad deductiva para señalar determinadas incongruencias cronológicas que dejan la explicación oficial de la correspondencia de la reina doliente falta de fundamento.

El análisis paleobotánico de los restos vegetales encontrados en el interior de la tumba de Tutanjamón (collares y guirnaldas de flores, productos alimenticios, granos de polen) nos indican que el enterramiento tuvo lugar a principios de la primavera, entre finales de marzo y mediados de abril.

Pese a razonamientos fruto más de la imaginación que del estudio histórico, no se ha descubierto ningún indicio de que el proceso previo al depósito del cuerpo del faraón en su morada de eternidad se demorara más de lo debido, por lo que hemos de deducir que la muerte de Tutanjamón se produjo entre mediados de enero y mediados de febrero. Para ello contamos con un aliado de gran ayuda: sabemos que el proceso de momificación de un rey precisaba de 70 días para ser completado.

Más tarde volveremos sobre este punto. Ahora retomemos el ingente tráfico diplomático originado por la correspondencia de la reina.

Partiendo de la hipótesis de que el monarca fallecido era efectivamente Tutanjamón y de que quien hizo la solicitud a Shupiluliuma fue Anjesenamón, no podemos concluir salvo que el emisario egipcio parte de Tebas con destino a Karkemish entre las fechas indicadas para el deceso de su esposo. Si esto es así, la primera de las cartas fue entregada en mano al rey hitita en los días previos al entierro de Tutanjamón.

Shupiluliuma, adoptando una postura muy prudente, no toma una decisión de manera inmediata, sino que abandona Karkemish y se traslada a Hatusas para convocar el Consejo de los Grandes y someter a su valoración petición tan inusual. Aun suponiendo que el rey hitita no viajara conjuntamente con su ejército, lo cual hubiera hecho aún más lento el camino, su llegada a la capital hitita necesariamente hubo de tener lugar con posterioridad al entierro de Tutanjamón.

El Consejo de los Grandes es un órgano de apoyo al rey que aparece mencionado en diversos textos jurídicos e históricos hititas, pero desconocemos los patrones que determinaban su funcionamiento. Se trataba de una asamblea de notables, representantes de las distintas zonas de Anatolia, que sancionaban las decisiones que afectaban en su conjunto a la totalidad de las partes del imperio. Desde esta óptica lo más probable es que no estuviera permanentemente reunido, por lo que requeriría una convocatoria preliminar.

Una vez constituido para la ocasión, se procedería a estudiar el ofrecimiento egipcio con todo el recelo propio que merecía el asunto. Finalizadas las deliberaciones, Shupiluliuma, manteniendo la tendencia de mesura ya anunciada, comisiona a su chambelán. Se inician los preparativos de la legación y parte de Hatusas. ¿Qué tiempo había transcurrido entre la llegada de Shupiluliuma a Hatusas y el comienzo del viaje diplomático de su chambelán? No estamos en disposición de estimarlo cabalmente pero para cuando la comitiva de Hattusaziti se pone en marcha, Tutanjamón debe de llevar al menos reposando un mes o más en su tumba.

Anillo de Ay y Anjesenamon

Anillo matrimonial de Ay y Anjesenamón. Sus nombres se encuentran inscritos en los típicos cartuchos. Éste es el último rastro dejado por la hija de Ajenatón.

Es el momento de volver a ella. Ay, su sucesor, es representado como oficiante con los atributos que le identifican como monarca reinante. Su legitimación como tal ya ha sido efectiva y ejerce como soberano. Esto nos presentaría una cuestión difícilmente solventable: cuando Hattusaziti haga acto de presencia en Tebas para entrevistarse con la reina doliente, cuya actitud se muestra muy cercana a la de la traición, se encontrará con un faraón legitimado por matrimonio que recibe al emisario de un país enemigo para tratar sobre su propia destitución. Por bien del chambelán hitita esperemos que el ascenso al trono de Ay le haga ver la situación con mucho sentido del humor.

Pero para nuestra sorpresa, la entrevista entre Anjesenamón y Hattusaziti no sólo se lleva a cabo, no sólo la reina insiste en sus pretensiones, sino que el delegado hitita volverá a palacio ante su soberano con una segunda carta que denota todavía mayor urgencia e indignación por la desconfianza de Shupiluliuma y que nos presenta a Anjesenamón aún viuda, negándose a contraer matrimonio con un hombre egipcio inferior en rango a ella. ¿Cómo podemos explicarlo? Intentaremos hacerlo un poco más tarde, por ahora sigamos haciendo un recuento de esas fechas que están trastocando todo el planteamiento: la misión diplomática hitita ha debido completarse, contando el viaje de ida y vuelta y la estancia en la capital egipcia, en unos cinco meses. Por consiguiente, nos situamos entre mediados y finales de verano, es decir, entre agosto y septiembre, siete u ocho meses después del fallecimiento de Tutanjamón.

Hattusaziti rinde presencia ante su rey acompañado de un delegado egipcio con la misión de convencer de viva voz a Shupiluliuma de que el ofrecimiento de su reina es sincero, que no hay engaño de por medio y que como muestra de ello la segunda carta no deja lugar ni a la duda ni a la objeción.

Quizá Shupiluliuma volvió a convocar el Consejo de los Grandes o quizá en esta ocasión, tratándose de un tema ya debatido, no fue necesario. Sea como fuere, Hatti se decide por fin a conquistar Egipto desde arriba y Zanuanzas es el elegido para esta misión. Como príncipe real hitita y futuro soberano del país de las Dos Tierras, irá acompañado por una nutrida representación diplomática, que además de cerrar los términos del acuerdo matrimonial, tendrá la primera toma de contacto con la administración egipcia para hacerse cargo del Estado, amén de un fuerte contingente militar que le proteja durante el viaje y sirva como fuerza disuasiva ante las posibles protestas que la entronización de un príncipe extranjero pueda acarrear en destino.

Las conversaciones entre Shupiluliuma y su chambelán con el delegado egipcio, más las obligadas consultas del rey con sus ministros y personal de confianza para contrastar opiniones y elaborar la estrategia a seguir, así como la preparación de la “expedición” de su hijo le harán consumir entre dos y tres meses. Finales de otoño o principios de invierno.

Pero Zanuanzas no realizará nunca el proyecto pensado por Anjesenamón y validado por Shupiluliuma. En un lugar indeterminado, probablemente en la frontera entre ambos reinos, es asesinado. Desde su esperanzada salida de Hatusas, en olor de multitudes, hasta su ascenso junto a los dioses habrá transcurrido al menos un mes más.

Por mucho que queramos comprimir el tiempo y por mucha urgencia con la que los protagonistas de la historia actuaran (aunque no es el caso de Shupiluliuma), podemos calibrar que este drama en varios actos, abierto con una muerte y cerrado con otra, se ha desarrollado a lo largo de un año.

¿Es posible compaginar la versión oficial de la egiptología con la información obtenida a través de la traducción de los Anales de Mursil II y del estudio de la tumba de Tutanjamón?

Intento de explicación de las incongruencias cronológicas

La tentación inmediata es responder con un categórico no, pero en ese caso traicionaríamos el espíritu de investigación que ha de presidir cualquier retrospectiva histórica, por ello vamos a procurar entrever alguna alternativa que permita dirimir la autenticidad de lo sucedido. Pero no debemos olvidar dos hechos significativos que ya han sido glosados anteriormente: no existen indicios de una dilatación del proceso de momificación de Tutanjamón y en su tumba Ay es representado como su sucesor.

Distorsión del periodo de momificación

Aunque este concepto es descartable de antemano, no obstante se considera una obligación el explicar el por qué. El ritual de la momificación, pese a su complejidad tanto médica como religiosa, se viene practicando con asiduidad desde el Imperio Antiguo, de modo que no podemos aludir a dificultades técnicas o a desconocimiento de los especialistas que se encargan de él que imposibilitaran el normal desarrollo del proceso.

Para justificar una demora en el entierro de Tutanjamón la única opción posible sería un clima político turbulento, y aunque éste se corresponde con la realidad egipcia del instante, en ningún caso se puede argumentar un aplazamiento de un año.

No es necesario, por tanto, emplear más espacio en rechazar esta hipótesis.

(Continuará)


[3] Bob Brier, El asesinato de Tutankhamon. La verdadera historia, Barcelona, Editorial Planeta, 1998, pp. 212, 215 y 216.


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