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«EGIPTOLOGÍA CIENTÍFICA Y DIVULGATIVA» |
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por Rafael Gómez Portela
Hubo una vez un rey que tuvo un sueño. Para hacerlo realidad proyectó una ciudad a su imagen y semejanza donde los demás sólo veían el desierto y la naturaleza en su más desolada expresión. Pero a él no le importó porque sabía que gozaba del beneplácito de su único dios.
Recogió la herencia milenaria de su civilización, se enfrentó a las tradiciones más antiguas y a sus representantes y durante un período de tiempo que no alcanzó los 20 años trastocó un edificio social, filosófico, religioso y político que había perdurado durante 18 siglos.
El rey se llamaba Amenhotep, el cuarto coronado en Egipto con ese nombre, e hizo nacer su ciudad como Ajetatón, el horizonte de Atón. Y el rey se convirtió en el único cauce de comunicación con su dios y fue tal su veneración que cambió su nombre por Ajenatón, el amado de Atón.
Y la historia empezó a escribirse de nuevo.
Es difícil encontrar en la historia de Egipto una etapa más apasionante que la correspondiente al reinado de Ajenatón. Por muchos factores de sobra conocidos, la cultura más antigua del mundo se vio abocada a una serie de transformaciones, emprendidas desde la cúpula del poder, que con la misma brusquedad que iniciaron el vuelo se desplomaron bajo el peso inquebrantable del pasado.
Son muchas y muy diversas las incógnitas que este periodo histórico ha dejado a los amantes de Egipto, la mayoría de las cuales no han encontrado respuesta todavía y probablemente no la encuentren jamás.
Somos libres de especular sobre los motivos por los que el rey inició una política diametralmente contrapuesta a la de sus antecesores, por qué desposeyó a Tebas de la capitalidad, por qué rehusó la primacía del clero de Amón, por qué se produjo una verdadera renovación en las representaciones artísticas, por qué introdujo una revolución religiosa, por qué mostró tan escaso interés por la defensa y conservación de las posesiones asiáticas egipcias… De especular acerca de las enfermedades atribuidas a él mismo y a su estirpe. Y porque somos libres cada cuál se sentirá más cerca o más lejos de su figura, pero en ningún caso indiferente. Y porque somos libres cada cuál elegirá un aspecto de su historia, de su gobierno, como el más atractivo o el más inexplicable.
No es el objeto del presente trabajo descifrar ninguno de los interrogantes que se ciernen sobre Ajenatón, ni, por supuesto, posee las claves para hacerlo. Muchos años de trabajo y estudio no lo han conseguido y serán necesarios muchos más antes de que la casualidad, en forma de nuevos descubrimientos, o la constancia nos lo permitan.
De hecho, en líneas sucesivas sólo nos ocuparemos de una manera tangencial del reinado de Ajenatón, para centrarnos principalmente en una de las consecuencias que tuvo su mandato: el momento en el que una reina egipcia viuda comprometió el futuro de su país y el de la región solicitando del monarca hitita Shupiluliuma I que le entregara a uno de sus hijos para convertirlo en esposo y faraón de Egipto.
Identificar un paralelo o un símil para explicar el impacto de este comportamiento resulta muy difícil si uno se mantiene ajeno a la historia del país de las Dos Orillas. Entender esa renuncia voluntaria a la independencia en la nación con un pasado más glorioso y con un futuro más brillante en el Creciente Fértil de la época, allá en el siglo XIV a. C. Repudiar esa aparente inmutabilidad, bien es cierto que sólo aparente, para entregarse en cuerpo, ba y ka a una potencia extranjera cuya idiosincrasia militar supondría necesariamente un yugo, cuya personalidad histórica en poco o nada coincidía con la de los habitantes del Valle del Nilo.
¿Qué mecanismos se pusieron en marcha para llegar a este punto? ¿Qué circunstancias obligaron a la desgarrada petición de la reina doliente? Y, sobre todo, ¿quién era esa reina? No pretendo alimentar falsas expectativas. Esa pregunta capital acerca de la maternidad de la correspondencia con Hatti no será respondida satisfactoriamente, pero al menos sí se mostrarán algunos elementos a través de los cuales quizá seamos capaces de clarificar conceptos y tendencias.
Pero cuando hablamos del Antiguo Egipto sólo es seguro que Jepry se eleva cada mañana por detrás de las montañas y que durante la noche transita por el cuerpo de Nut hasta el siguiente amanecer, en un eterno viaje que carece de fin.
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Nefertiti en la actitud propia del faraón guerrero. Una cautiva, arrodillada a sus pies, a punto de recibir el golpe definitivo. Representación simbólica del triunfo de Egipto sobre sus enemigos. Esta tipología de imágenes se reservaba exclusivamente para el faraón, nunca para la esposa del mismo. |
Si hay una figura indisolublemente ligada a la de Ajenatón ésta es la de Nefertiti. La reina, sacerdotisa, madre, esposa de idealizada belleza que aparece junto a su marido en multitud de representaciones iconográficas y a la que el faraón dedica hermosas palabras de amor y devoción. Báculo en la reforma religiosa y política acometida por su marido, desempeñará un papel fundamental durante buena parte del reinado.
Ciertamente hay otros personajes anexos cuya identidad es bien conocida y que al igual que Nefertiti asumieron el protagonismo en esta etapa, pero para el propósito definido en la introducción será suficiente con que de momento nos hagamos eco precisamente de la reina y, en especial, en su calidad de madre.
Poco cierto se sabe de los orígenes genealógicos de la reina. La propia traducción de su nombre (“la belleza ha venido”) ha hecho pensar en una procedencia extranjera, pero al igual que muchas leyendas tejidas en torno a Ajenatón, no podemos demostrarlo.
Para tratar de desvelar la identidad de la reina doliente nos interesa sobre todo la descendencia que tuvo con su esposo. [2]
Hasta seis hijas, de acuerdo con los registros arqueológicos y filológicos, son atribuibles al rey. Por orden cronológico éstas son:
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Nombre |
Significado |
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Meritatón |
La amada por Atón |
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Meketatón |
La que contempla a Atón |
Anjesepaatón |
Su vida pertenece a Atón |
Nefernefruatón |
La joven perfección de Atón |
Nefernefrure |
La extrema perfección de Re |
Setepenre |
La elegida por Re |
Si los orígenes de Nefertiti ya nos han planteado un misterio, la lista precedente aporta dos nuevas incógnitas que se irán sumando a las muchas que pueblan el mundo de Amarna.
La paternidad de Ajenatón y Nefertiti sobre las cuatro primeras princesas parece estar fuera de toda duda. No ocurre lo mismo con las dos últimas. El cambio del epíteto Atón por el epíteto Re en su nombre y el distinto trato epigráfico en los relieves nos llevan a pensar en una ascendencia distinta. Dejando de lado hipótesis poco afortunadas, como la posibilidad del adulterio cometido por Nefertiti con algún alto funcionario de la corte, teoría que se cae por su propio peso en atención a la actitud cariñosa y de aceptación implícita que el monarca muestra en dichas representaciones, todo indica que nos encontramos ante la descendencia habida por Ajenatón con una esposa secundaria, probablemente Kiya.
A partir de aquí, y no perdiendo de vista jamás el objeto del presente artículo, la identidad de la reina doliente, debemos concentrar nuestra atención en las hijas cuya línea dinástica con Nefertiti, como Gran Esposa Real, es directa.
Si aceptamos como válido el axioma anterior, contamos, por tanto, con cuatro hijas portadoras del derecho dinástico de sucesión transmisible a sus potenciales y futuribles maridos.
Durante su gobierno, Ajenatón introducirá una práctica que, sin ser inédita en la realeza egipcia, sí había sido abandonada desde hacía largo tiempo: el matrimonio entre padres e hijos. En este sentido, están documentadas las uniones maritales del faraón con las cuatro princesas reales, a lo cual podemos encontrar una doble explicación:
a) El deseo de engendrar un sucesor varón que porte en sí mismo el derecho al trono sin necesidad de recurrir al matrimonio con una de las princesas reales.
b) Una cuestión político-religiosa encaminada a unir a su descendencia a la familia de Atón y de procurarle un carácter divino debido a que el monarca es el único capacitado para mantener relaciones con el dios.
El apartado a) podría ser el más adecuado para argumentar el matrimonio con Meritatón y Meketatón, que pese a su juventud en el momento de ser elevadas a la condición de Esposas del Rey, entrarían en la edad fértil a lo largo de la primera etapa del reinado de su progenitor. Más complejo es emplear esta justificación para los casos de Anjesepaatón y Nefernefruatón, sobre todo para esta última, por lo que el apartado b) sería el más lógico para explicar la situación de ambas.
Un último apunte en esta somera síntesis sobre la genealogía de Ajenatón referida a las fechas, ya que éstas y el tiempo tendrán una capital importancia en el desarrollo posterior de la argumentación.
El reinado de Ajenatón se extendió por un lapso no inferior a los 17 años y no superior a los 18. Nefertiti desaparece del ámbito de la corte hacia el año 13 ó 14 y ha de ser precisamente este término, “desaparición”, el más acorde con lo sucedido, ya que su nombre no vuelve a aparecer en los documentos oficiales, ni su imagen a ser esculpida o retratada en las paredes de templos o tumbas. No hay ni una sola referencia a su muerte, ni mucho menos una representación de la misma.
Esta capacidad evanescente de Su Majestad puede ser debida a dos motivos:
a) Fallecimiento: indudablemente no hay proceso más evidente, pero el que no se haya conservado recuerdo alguno de su deceso, el cual, en condiciones normales, hubiera dado lugar al aparato ritual propio de una dama de su alcurnia, implica causas mucho menos claras. La inexistencia de registros de su defunción parece implicar que sobrevivió a Ajenatón.
b) Ostracismo: por alguna causa que nos es desconocida, a partir de la fecha mencionada, Nefertiti deja de contar con el favor del rey. A este respecto dos son también las tendencias más esgrimidas, que pasamos a valorar brevemente:
Alejamiento del programa religioso y político de Ajenatón. Se trataría, desde esta perspectiva, de una caída en desgracia de carácter oficial.
Incapacidad de proporcionar al rey un descendiente varón. Desde este punto de vista, la caída en desgracia sería de carácter personal.
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Ajenatón y Nefertiti con tres de sus hijas recibiendo la protección del disco solar Atón. Una muestra más de la relación simbiótica entre los monarcas |
Desafortunadamente, una vez más nos topamos con la falta de elementos de juicio suficientes para definirnos por una u otra línea o incluso para propiciar una tercera. La caída en desgracia oficial no parece tener una excesiva consistencia cuando Nefertiti se ha mantenido al lado de Ajenatón en los momentos más difíciles de la transición al nuevo régimen. ¿Qué podría haber llevado a una desavenencia dogmática tan relevante entre los cónyuges para que Ajenatón la apartara de su lado?
En cuanto a la caída en desgracia personal, la imposibilidad de concepción de un varón debía de haber dejado de ser la principal de las preocupaciones de la relación marital una vez que Smenejkare, sucesor de Ajenatón, ha sido asociado al trono a través de la corregencia por las fechas en que se ratifica la ausencia de la reina o en una etapa inmediatamente posterior, terminando de consolidar su derecho real a través del matrimonio con la primera de las hijas del faraón, Meritatón. Quizá la explicación estribe en que tras el convencimiento del rey de no poder concebir hijos varones, repudia a Nefertiti, decreta la corregencia de Smenejkare y concierta la unión de éste con la princesa real.
No obstante, esta secuencia temporal no ofrece una justificación plena del aislamiento al que habría sido sometida Nefertiti.
Prosiguiendo con el entramado de fechas, a continuación se ofrece una tabla resumen que de una forma visual nos muestre el estado de la cuestión:
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Año de reinado |
Personaje |
Acontecimiento |
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17/18 años |
Ajenatón |
Duración de su reinado |
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Año 13 |
Setepenre |
Fallecimiento |
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Año 13/14 |
Nefertiti |
Desaparición |
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Año 14 |
Meketatón |
Fallecimiento |
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Año 14/15 |
Smenejkare |
Corregencia |
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Año 15/16 |
Anjesepaatón |
Unión con Ajenatón |
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Año 15/16 |
Nefernefrure |
Fallecimiento |
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Año 16 |
Kiya |
Desaparición |
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Año 16/17 |
Meritatón |
Desaparición |
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Año 17 |
Nefernefruatón |
Unión con Ajenatón |
En el año 17 ó 18 muere Ajenatón y es coronado como rey su sucesor, quien tras haberse desposado con Meritatón, quizá también lo hizo con Anjesepaatón, si bien este extremo no está plenamente demostrado. El reinado de Smenejkare es muy breve, siendo inmediatamente sucedido por Tutanjatón, que también contraerá matrimonio con Anjesepaatón, quien le transmite los derechos reales. Hacia el año 5 del nuevo monarca, la capitalidad del reino recae nuevamente en Tebas y se produce el cambio de epítetos en los nombres de la pareja real: Tutanjamón y Anjesenamón.
Como podemos comprobar en el gráfico, en el momento de producirse la muerte de Ajenatón, una de sus hijas “directas” (Meketatón) ha fallecido y sus dos hijas “indirectas” (Setepenre y Nefernefrure) también han muerto. Del resto de princesas reales de las que se tiene constancia que fueron concebidas de su unión con Nefertiti, Meritatón está desaparecida (al igual que la propia Nefertiti), Anjesepaatón se desposará con Tutanjatón (y posteriormente con el sucesor de éste, Ay) y Nefernefruatón es una niña de apenas 7/9 años.
En buena lógica, aunque la lógica no sea siempre el camino más rápido para entender esta época histórica, de la situación presentada sólo dos mujeres pudieron haber redactado las cartas al rey hitita: Anjesepaatón y Nefernefruatón, ya que son los únicos dos personajes femeninos con capacidad de transmisión del derecho al trono que continúan en activo.
Uno de los reproches más repetidos a la hora de enjuiciar la política externa de Ajenatón es su falta de interés por los dominios asiáticos, engrandecidos por los thutmésidas y gestionados de forma tan eficiente durante la mayor parte del gobierno de su padre, Amenhotep III.
La tarea de reconversión interna que se impone el monarca absorbe todos los recursos y esfuerzos y la falta de demostraciones de fuerza a medida que sus inquietos vecinos ejecutan movimientos en el tablero del Oriente Próximo es interpretado por éstos como una muestra de debilidad.
Sin embargo, sus primeros pasos van encaminados a mantener el status quo heredado de sus antecesores. Por un lado, firma un tratado de paz con Shupiluliuma I, rey de Hatti, del que no se ha conservado el texto, y de otro celebra matrimonio con Tadu-Jeba, princesa de Mitanni. De esta manera, cierra filas con aquellas potencias que desempeñan un protagonismo más importante en la región.
Hatti es la nación guerrera por excelencia. La sabia batuta de Shupiluliuma la ha encumbrado hasta una posición de privilegio que sabe mantener gracias a la habilidad diplomática y a la superioridad militar en el campo de batalla.
Mitanni, por su parte, sigue siendo una baza fundamental, pues por su posición estratégica en la región constituye la mejor empalizada contra la emergente amenaza asiria.
Con el transcurso de los años, el potencial hitita se convertirá en el enemigo más importante de Egipto, ya que las victoriosas campañas en el territorio de la actual Siria irán comprometiendo la soberanía egipcia en esa región.
Por su parte, las luchas dinásticas intestinas de Mitanni harán decrecer paulatina y ostensiblemente su consideración entre sus vecinos y su poder político, para, poco tiempo después, desmembrarse como reino, siendo ocupada su parte oriental por Asiria, que la convierte en una provincia más de su reino, y la parte occidental por Hatti, de quien pasa a ser vasallo.
El faraón, mientras tanto, parece ajeno al nuevo equilibrio de fuerzas que se está originando. Desoyendo el consejo de sus ministros y las peticiones de sus protectorados, permanece de brazos cruzados mientras el peligro se cierne sobre las fronteras de sus territorios asiáticos.
El acuerdo firmado con Hatti se convierte en papel mojado, la alianza con Mitanni se tambalea por la propia debilidad de éste, Asiria termina por surgir como potencia internacional con una fuerte voluntad expansionista.
El profundo cambio geopolítico que se presume es la antesala, el marco idóneo, en el que la petición de la reina doliente se justifica por sí misma.
Pero un requerimiento tan perentorio y estrambótico no hubiera sido posible sin conjuntar un precario concierto internacional, con una crisis interna de considerables dimensiones y que necesariamente se tuvo que expresar a través de la ruptura de la línea sucesoria y de la entrada en el juego de diversas facciones que se disputaban el poder dentro de Egipto. De un lado el clero de Amón, privado de gran parte de sus privilegios durante el reinado de Ajenatón; de otro las ambiciones personales de Ay, visir de Ajenatón y de Tutanjatón y que terminará por suceder a éste tras adquirir el derecho al trono mediante su desposorio con Anjesenamón y, finalmente, Horemheb, Comandante en Jefe del ejército egipcio y que dará fin al experimento ideológico, religioso y político que supuso la inmersión de Ajenatón en la reverencia absoluta al culto de Atón.
(Continuará)
[1] Para la transcripción y traducción de nombres y términos egipcios se ha seguido el artículo La transcripción castellana de los nombres propios egipcios de Francisco Pérez Vázquez, al que pueden acceder a través de esta misma publicación, Boletín «ISIS», sección Filología, en la página http://egiptologia.net/isis/b6-perez.html) y La época Amarna y sus protagonistas de Miguel Ángel Díaz, cuya URL se adjunta al final bajo el epígrafe de Bibliografía. La única distinción se ha hecho con el nombre de Smenejkare (smnx-kA-Ra).
[2] Para el rastreo de los componentes de la familia de Amarna se ha seguido la obra de Miguel Ángel Díaz ya citada.
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