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«EGIPTOLOGÍA CIENTÍFICA Y DIVULGATIVA»

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La ambientación en la Cleopatra de Rider Haggard

 

por Miguel Ángel Molinero Polo



I

Cabeza de Cleopatra VII 24695 bytes)Realizar una lectura de la Cleopatra de R. Haggard desde la perspectiva de historiador es una labor fascinante. La facilidad de escritura del autor no está reñida con una labor de documentación previa muy profunda que en el caso de nuestra novela se complementa con los recuerdos recientes de un viaje a Egipto. Esos conocimientos se plasman magistralmente en multitud de pequeños detalles que van brillando al hilo de la lectura.

Desde el comienzo un hecho llama la atención: la terminología dual con que se denominan ciudades, países, templos. En boca de sus tradicionales habitantes el país no se llama Egipto -de Aígyptos, nombre griego- sino Kem, la transcripción algo imperfecta -en consonancia con los conocimientos filológicos de fines del s. XIX- de Kmt, el nombre que recibe en los textos egipcios antiguos. Siguiendo esta práctica la misma ciudad será Abydos si habla un griego o los egipcios helenizados y Abouthis (3bdw) si habla un egipcio que mantiene sus tradiciones y se opone así a la dinastía lágida; Heliópolis, nombre griego que aún hoy conservamos, es también Annu (Iwnw), el templo principal del dios Re, y así otros frecuentes ejemplos.

Acercarse a esta obra es un reencuentro con la Egiptología de hace un siglo, con sus esbozos de la historia de Egipto, los primeros hallazgos espectaculares y aún un cierto aire de aventura. El mismo prólogo nos narra la singular peripecia a la que el viajero y anticuario se enfrenta y en la que obtiene como botín los preciosos papiros con la narración de Harmaquis que constituyen la novela en sí.

El recurso a la autobiografía no es una simple estrategia literaria del autor. Desde fines del III milenio a.C. los nobles egipcios sustituyen las secas listas prosopográficas -tan útiles por otra parte para el historiador- por animados relatos llenos de viveza en los que describen su carrera en el gobierno desde los años de aprendizaje hasta la vejez, aderezados con jugosas anécdotas. Haggard ya los conocía pues a fines del s. XIX ya se habían editado las primeras traducciones, así como el Relato de Sinuhé, otra conocida autobiografía, literaria en este caso, que sirvió como base en nuestro siglo a otra famosa novela de ambiente egipcio. Los precedentes son pues honorables y muy ajustados al caso.

La Esfignge Harmaquis (20343 bytes)De un cuento profético, El príncipe predestinado, toma Haggard la escena del nacimiento de Harmaquis. En ella Hathor augura su destino real y las dificultades de su vida. Desde el Reino Nuevo (segunda mitad del II milenio a.C. o Bronce Reciente, según se prefiera) las Siete Hathor asisten a los nacimientos de cada niño y al igual que las hadas de los cuentos populares centroeuropeos, predicen su porvenir. Es posible que en atención al futuro regio que se vaticina al protagonista, el autor ha preferido sustituir estas siete divinidades menores por su homónima, la diosa del amor, cuyo nombre significa además "Casa de Horus", el dios protector de la realeza.

Entre la fantasía y la realidad, el rigor histórico no tiene por qué ser un obstáculo para el novelista y Haggard no teme introducir pequeñas desviaciones al servicio de una recreación literaria, en la que cuenta más lo que pudo haber sido que lo que sabemos.

Templo de Seti I en Abydos (35736 bytes)Los monumentos egipcios tenían un nombre, pues según la mentalidad antigua éste era una parte integrante de los objetos y sin él estaban incompletos. Por lo tanto la pirámide de Micerino también tiene un nombre: "La Pirámide Divina". Pero este monumento juega un papel fundamental en la trama y Haggard se permite cambiárselo, de acuerdo al plan que se ha trazado y la denomina "Ella". Este cambio no es sólo un guiño al lector, que recuerda así su anterior novela, es otro más de los elementos que hacen de la mujer, simbolizada aquí en un monumento enigmático habitado por un terrible espíritu, la protagonista central de la novela.

El interés de Haggard por las noticias procedentes de Egipto no es sólo arqueológico, no en balde había sido funcionario en las colonias de Su Majestad y le preocupa la suerte del Reino. Lo que guarda esa pirámide, y nos estamos ya adelantando a la próxima entrega de la revista, es un fabuloso tesoro. En él aparecen un cetro de oro, dos gruesas perlas, las dos que tanta fama dieron a Cleopatra por beberlas disueltas en vinagre, y esmeraldas, decenas de gruesas esmeraldas sin la menor tacha. Haggard ha elegido estas piedras y no otras más comunes entre los restos egipcios precisamente por una circunstancia de su época. Las esmeraldas -una variedad transparente y verde del berilo- no eran completamente desconocidas por los egipcios. De hecho, todas las esmeraldas de la Antigüedad proceden de Egipto, posiblemente de las minas de Sikait-Zubara, únicas cuya explotación en el pasado lejano está bien atestiguada. No conocemos ningún ejemplar engastado en joyas hasta Baja Epoca, entre otras razones porque debido a su dureza los egipcios no disponían de la tecnología adecuada para cortarlas adecuadamente. Sólo en época ptolemaica, precisamente en la que está ambientada la novela, tenemos la seguridad de su talla. Pero además, en el s. XIX se empezaron a explotar de nuevo las minas con fines comerciales, pero todos los intentos terminaron por fracasar, pues la calidad de los hallazgos era inferior al de las gemas colombianas. Estos fracasos recientes, unidos a las frecuentes citas en los autores clásicos (Estrabón, Plinio, que habían sido utilizados para redescubrir el emplazamiento de las antiguas minas), crearían en torno a la posesión de estas piedras en la Antigüedad un cierto halo de fantasía que Haggard ha sabido aprovechar, y avivar aún más en sus lectores.

Imagen romántica de Cleopatra VII (43002 bytes)Para terminar esta entrega no queda sino explicar la famosa leyenda sobre la costumbre atribuida a Cleopatra de beber perlas disueltas en vinagre. Nada en las fuentes nos hace suponer que este lujo tenga un origen egipcio, pues ni siquiera se usan perlas en sus joyas hasta época ptolemaica. Tal como se narra en Cleopatra, el episodio es la adaptación al hilo argumental de la novela de un cotilleo de Plinio el Viejo. El autor latino recoge en su Historia Natural una de esas refinadas cenas de la pareja en la que la reina apuesta con Marco Antonio que ella es capaz de tomarse en una sola comida diez millones de sextercios. Al día siguiente, tras unas entradas exquisitas, Cleopatra se hace traer un vaso de vinagre y disuelve la primera de sus dos grandes perlas, las mayores de la Antigüedad, que había heredado de sus antepasados. L. Planco, árbitro de la contienda, la declara vencedora sin necesidad de destruir la segunda. Plinio, moralista, añade que el presagio así pronunciado, "Antonio está vencido" se vería poco después cumplido en Actium. Tras la muerte de nuestra reina la perla salvada fue cortada por la mitad y transformada en dos pendientes para la Venus del Panteón de Roma.


II

Nutrición divina del faraón (Templo de Denderah) (56386 bytes)Resulta imposible comentar en estas pocas páginas las fuentes de las que ha extraído Haggard los conocimientos del mundo antiguo que se manifiestan en la novela. Su oficio de escritor le permite integrarlos en la acción de manera que el lector no percibe en ningún momento la impresión de erudición que convierte en aburridas tantas novelas históricas. No caeremos nosotros tampoco en un enciclopedismo que desmerecería ante nuestro autor y nos centraremos sólo en algunos episodios concretos. Léanse como ejemplos, haga el lector mentalmente la posterior generalización, y perdone que queden sin comentar muchos pasajes que lo habrían merecido: el solemne entierro del padre de Harmaquis, tan solemne que reproduce la descripción que hace Diodoro del que se celebra en honor del dios Apis, la evocación de la ciencia heliopolitana, presente a través de las ocupaciones que desempeña el protagonista al servicio de su reina, y muchos otros.

El episodio de la iniciación es el eje dramático de la novela, mucho más significativo que la coronación posterior. Ni los textos egipcios antiguos, que no proporcionan noticia alguna sobre ritos de iniciación mistérica, ni Plutarco en su Sobre Isis y Osiris son la fuente para este episodio. La escena en conjunto es una recreación literaria a partir del esquema mínimo que proporciona Apuleyo:

"Escucha, pues, y ten fe, vas a oir la verdad: llegué a las fronteras de la muerte, pisé el umbral de Proserpina y a mi regreso crucé todos los elementos; en plena noche vi el sol que brillaba en todo su esplendor; me acerqué a los dioses del infierno y del cielo; los contemplé cara a cara y los adoré de cerca. Ésas son mis noticias: aunque las has oído, estás condenado a no entenderlas. Así, pues, me limitaré a contarte únicamente los detalles que, sin sacrilegio, pueden revelarse a la inteligencia de los profanos." Asno de Oro, XI, 23.

Si las primeras visiones en la iniciación tienen una base arqueológica y responden a las corrientes de pensamiento del s. XIX, la segunda fase, el viaje en espíritu al mundo de los dioses está menos relacionada con Egipto que con las inquietudes del propio Haggard por el esoterismo: sabemos que llegó a ser miembro, unos años después de escribir esta obra, de la sociedad secreta The Golden Dawn, a la que también pertenecieron el simbolista Yeats, Bram Stoker, Conan Doyle, y otros literatos, todos muy marcados por esa extraña experiencia. Sólo los calificativos de Isis: "La que ha sido, es y será", son reales, pero no egipcios sino griegos, pues esta división del tiempo no se corresponde con la mentalidad de los primeros. Haggard ha podido tomarlo de Plutarco, quien informa que la estatua sedente de Atenea en Sais, identificada con la egipcia Neit, y ambas con Isis, lleva esta inscripción: "Yo soy todo lo que ha sido, es y será, y ningún mortal ha levantado nunca mi velo", haciendo referencia a su poder creador asexuado que el autor ha conservado para su diosa.

Templo de Edfu (66254 bytes)La escena de la coronación nocturna de Harmaquis como rey de los conjurados es también en gran parte creación del novelista. Si incluso en la actualidad conocemos mal las ceremonias que se celebraban en tan solemne acontecimiento, menos aún se sabía de ellas en el siglo pasado. La documentación disponible es muy fragmentaria o alude sólo a momentos concretos del ritual, y la más importante se ha descubierto con posterioridad a la publicación de la novela. El ascenso al trono de todo nuevo rey se iniciaba al amanecer, para ajustar las vicisitudes de la comunidad con los acontecimientos cósmicos, y aunque en época de Haggard esta circunstancia no se conociese, es muy sugerente que Harmaquis sea coronado de noche: el ambiente nocturno añade un halo de premonitorio a la empresa por ese comienzo a espaldas del orden natural.

La recreación que se hace de la ceremonia muestra que el autor conocía bien los restos del templo de Seti I en Abydos -en realidad un cenotafio- en el que la ha situado. Siete son los sacerdotes que celebran en la coronación y, en efecto, este gran "exvoto" presenta la particularidad de poseer dos salas hipóstilas y, al fondo de la segunda, siete capillas. El resto de la ambientación se la proporciona la Geografía de Estrabón, en la que se detalla que en el momento del viaje del geógrafo por Egipto, el año 25-24 a.C., ya sólo queda en pie el "Memnonium" y la ciudad no es más que una localidad sin importancia, pasando por alto cualquier referencia al resto de los templos, posiblemente cubiertos ya por la arena. Por eso, cuando Harmaquis regresa de Alejandría a Abidos, ésta es ya una ciudad abandonada, pues él llega sólo una década antes de la referencia real de Estrabón.

Las excavaciones arqueológicas en Abidos se iniciaron muy pronto: Mariette publica sus dos volúmenes en 1869 y 1880, pero a excepción de la planta del templo, el material encontrado por el arqueólogo francés, así como los cientos de estelas y objetos votivos que las búsquedas clandestinas iban ya exhumando, se fechan principalmente en los Reinos Medio y Nuevo (II milenio a.C.) por lo que no pudieron ser una ayuda relevante para Haggard en la recreación de los capítulos desarrollados en esta ciudad.

El tesoro que Harmaquis pone en manos de Cleopatra se esconde en el interior de la momia de Menkaura (léase Menkaure), nombre egipcio de Micerino, al rey para quien se construyó la más pequeña de las tres pirámides de Guiza. La descripción que se hace de los pasadizos interiores de la tumba es fiel a la realidad, con la única excepción de algunas libertades en beneficio del interés dramático de la escena: el último de los tres bloques de granito desciende en lugar de subir como en la realidad, o se situa el sarcófago en el fondo de un pozo y no en la segunda cámara, donde fue realmente encontrado.

cleo7-03.jpg (40627 bytes)La información de la que disponía el novelista procede de la excavación del coronel Howard Vyse en 1837-1838. Él había encontrado en la primera cámara sepulcral algunos huesos en un sarcófago de madera que Haggard atribuye a la esposa principal del rey, pero hoy creemos que ésta debía de ocupar una de las pirámides secundarias situada en el lado meridional de la principal. Es posible que los huesos correspondieran al mismo monarca, quien tras un saqueo de la tumba habría sido reenterrado en época saíta en un sarcófago de madera, a su vez introducido en el de basalto; y aún volvió a ser sacado de ambos, terminando en la esquina de la cámara alta donde lo encontró Vyse.

El entusiasmo de Haggard le lleva en ocasiones a pequeños atrevimientos, como la mención que hace a los vasos canopos -recipientes para las vísceras extraídas en la momificación- en el interior del sarcófago. No se ha conservado ningún resto de canopos reales del Reino Antiguo, aunque sabemos, por el descubrimiento en nuestro siglo de la caja canópica de la reina Hetepheres, madre de Queops, que se practicaba ya la momificación y la extracción de las vísceras en tan temprana época. Hasta ahí su intuición ha sido acertada. No así la descripción que hace del objeto. La de Hetepheres y algún fragmento conservado de tumbas privadas son de madera, cuadradas, con dos tablas cruzadas que dividen el espacio interior en cuatro compartimentos y una tapa unitaria: un modelo mucho más simple que el que Haggard sugiere, que es posterior en casi un milenio.

¿Por qué elige la pirámide de Micerino y no alguna de las otras dos de Guiza, más espectaculares por su mayor tamaño? Puede haber dos razones. Por una parte Micerino goza en la historiografía griega de buena fama, y ya estamos viendo hasta qué punto la visión que tiene Haggard de Egipto depende de los autores clásicos. Heródoto cuenta que este rey no oprimió a su pueblo con grandes trabajos lo que le granjeó el aprecio de sus súbditos. Esta clemencia es la base para la fábula que idea el novelista según la cual la preocupación de Micerino por su país llega hasta el punto de atesorar unas joyas que ayuden a salvar Egipto si en un momento futuro corre un gran peligro. Sin embargo yo me atrevería a proponer una razón más para la elección de Micerino como rey benefactor. El 12 de octubre de 1838 el barco Beatrice salía de Alejandría con destino a Londres; en sus bodegas se almacenaban importantes restos arqueológicos para el British Museum, pero nunca llegó: una tormenta lo hundió frente a las costas españolas. Los marineros se salvaron nadando hasta la orilla, pero el sarcófago de Micerino -la pieza más destacada del cargamento- se perdió en las aguas. El suceso es sugerente y aún tras varias décadas debió de impresionar a nuestro autor quien convirtió ese sarcófago -él lo conoce bien pues su descripción es exacta-, y la momia del rey que un día protegió, en el depósito del tesoro que salvese Egipto de sus enemigos.

El último refugio de Harmaquis es uno de los hipogeos del Valle de los Reyes, el de Ramsés III, al que se retira a vivir como un eremita.

Tras Ramsés XI (último rey de la dinastía XX), cuya tumba quedó inacabada y vacía, el Valle dejó de utilizarse como necrópolis real. Se convierte entonces en lugar de enterramiento para familias sin recursos y, más tarde, en centro de peregrinación por la sacralidad que se le atribuye, como se ve en la novela. En el momento en que ésta se ambienta el Valle recibía la visita de Diodoro, quien informa de su situación:

"Los sacerdotes dijeron que en sus documentos encontraron cuarenta y siete tumbas de reyes, pero ya en tiempos de Ptolomeo hijo de Lagos dicen que sólo se conservaban diecisiete, y la mayoría de ellas ya habían sido destruidas en el tiempo en que nosotros visitamos aquellas regiones".

Posteriormente ya sólo los primeros eremitas cristianos habitaron estos uadis desérticos.

Dibujo de uno de los arpistas de la tumba de Ramses III (51406 bytes)En 1768 el viajero escocés James Bruce visitó el Valle. Sus dibujos, en especial el de los músicos ciegos de la tumba de Ramsés III tuvieron un gran impacto, hasta el punto que ésta pasó a denominarse "Tumba de Bruce". Es sorprendente porque arpistas tocando ante los dioses son en sí mismos una representación rarísima en la iconografía egipcia y única en el Valle.

La fama del hipogeo aumentó cuando a comienzos del s. XIX Belzoni, el aventurero, consigue extraer su sarcófago de granito rosa. Trasladado hasta Alejandría, el cónsul Salt lo vendió al rey de Francia y hoy se guarda en el Museo del Louvre. La tapa no formaba parte, en opinión del italiano, del encargo por el que Salt le había pagado, de modo que la consideró de su propiedad, y la trasladó a Inglaterra para su venta, donde se conserva desde entonces. Pero el descubrimiento por Belzoni un año más tarde del hipogeo de Seti I, con sus magníficas representaciones funerarias del Am-Duat, hicieron que el de Ramsés III fuera perdiendo notoriedad.

Para la redacción de su Manners and Customs of Ancient Egypt (1837) Wilkinson se basó en las representaciones de las diez cámaras laterales de esta tumba para obtener información sobre la vida cotidiana de la que carecen las otras, cubiertas sus paredes exclusivamente por textos funerarios. Devolvía así el hipogeo que nos ocupa a la atención de los egiptólogos. La obra se convirtió en la base para el estudio de la civilización egipcia, y es posible que Haggard la utilizase, pues su descripción de la tumba menciona con gran exactitud los relieves de estas cámaras.

Abandonamos así a Harmaquis, a su autor, y la Egiptología del siglo pasado. La curiosidad del lector se verá despertada ante las páginas de la novela y echará aquí en falta el comentario de muchas de ellas. Alguna otra apostilla habría sido posible, pero ninguna tan necesaria como una defensa -apasionada, no puede ser de otra manera- de Cleopatra, no como espejo y mito de la mujer fatal, sino como la soberana culta, digna del pasado glorioso de Egipto, y diplomática astuta que supo sobrevivir un tiempo, por ella y su país, en las azarosas aguas de la política de un Mediterráneo que era ya por entonces un mar romano.


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("La ambientación egipcia en la Cleopatra de Rider Haggard"  fue publicado por primera vez en dos números de la Revista de Arqueología: 152 (diciembre, 1993), 48-49 y 153 (enero, 1994), 52-53. Las ilustraciones de la presente edición son ajenas a la original.)

El presente texto forma también parte del  PROYECTO AGUA Y RELIGIÓN de la Universidad de La Laguna, Tenerife, y puede accederse también a su contenido a través del URL http://www.ull.es/proyectos/aguarel/index.htm

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© De la página y la presente edición: Agustín Barahona Juan 2000 - . Todos los derechos de copia o reproducción están reservados. Copyright