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Socioegiptología
El lado oscuro de la tolerancia en Egiptología
por Agustín Barahona
Abstract:
It is a worrying situation the indolent permissiveness afflicting to
publications and behaviours in Egyptology on a number of occasions. In this
article we try to annalize in a very basic way what that disproportionate tolerance involves.
Resumen:
La
permisividad indolente que aqueja en muchas ocasiones a publicaciones y
comportamientos dentro de la Egiptología es una situación preocupante. En
el presente artículo trataremos de analizar de un modo muy básico en qué consiste esta
tolerancia desmesurada.
¿Qué es tolerancia?
En nuestra lengua el término
tolerancia hace referencia a algo tan etéreo y difícil de definir como es el "respeto o consideración" hacia palabras o actos ajenos, especialmente si son distintos a los nuestros.
"Respetar y considerar" algo del modo en que lohace la genuína tolerancia significa
realmente tenerlo en cuenta también a la hora de tomar una decisión, pero
--y en esto reside el quid de la cuestión--
valorándolo en su justa medida, no
indiscriminadamente. La idea de
tolerar también lleva implícito un cierto grado de tensión, pues implica consentir algo que se considera ilícito aunque sin tener que aprobarlo necesariamente.
Por otro lado, en nuestra sociedad se disfraza el concepto y término de
intolerancia como si fuese algo peyorativo en sí mismo, lo cual es un sinsentido. Es fácil reconocer sin lugar a dudas que hay cosas que pueden ser toleradas y cosas que nunca pueden ser
toleradas con las que, por tanto, hay que ser intolerantes. A pesar de algo tan claro, en nuestros días la intolerancia es "políticamente
incorrecta" --o, mejor, "socialmente inadecuada"--. Vivimos en una época en la que
la "corrección política" en la denominación del mundo es mucho más importante que el propio mundo. Como ejemplo de eufemismo de la necesaria intolerancia contra las cosas que no pueden tolerarse suele usarse la expresión
tolerancia cero, como si hubiera una gradación de tolerancias y la "cero" no fuera más que una de ellas, cuando en realidad "tolerancia cero" es igual a "intolerancia infinita".
No debemos olvidar nunca que ni la tolerancia ni la intolerancia son necesariamente malas o buenas en sí mismas.
Vicio de la tolerancia
Sin embargo, existe un lado oscuro de la tolerancia, una impostora y falaz que
--y aquí está lo grave-- se ha instalado tan extendidamente en las costumbres sociales que ya casi no puede percibirse su perfil y existencia en un primer golpe de vista. En nombre de esta falsa tolerancia se han cometido y se
cometen innumerables atropellos que no son más que abominables intolerancias contra la verdad o la justicia. ¿En qué consiste,
pues, esta tolerancia pervertida, que tanto afecta en su vertiente social a las ciencias y concretamente a la Egiptología en nuestro caso particular?
El exceso en cualquier virtud puede convertirse en un vicio tan execrable como admirable era su ensalzada imagen antes de cambiar de polaridad. Pues bien,
cuando la tolerancia lo tolera todo, o tiende a tolerarlo, queda viciada
y deja de tener sentido en su existencia, pues la justificación de la necesidad de ésta es
la demarcación positiva entre las cosas que han de tolerarse y las que no han de
tolerarse. He aquí la cuestión: la auténtica tolerancia no tiene más remedio que flirtear con lo que considera injusto o inmoral, pero lo hace sin darle su beneplácito,
sin mezclarse con ello, ya que discrimina buscando los valores excelsos en las cosas, de los cuales es
consciente. Por el contrario, su sombra perversa lo permite todo dándolo por
bueno y mezclándose con ello, pues no busca esos grandes valores, ya que no puede distinguirlos, y comulga con todo aquello que consiente, sin discriminar inteligentemente.
La falsa tolerancia es uno de los vicios que más daño hacen a la ciencia en general y a la Egiptología en particular, pues su exceso no percibido permite poco a poco que los hábitos contrarios a la ciencia se vayan filtrando en las personas que la detentan y estudian, generando garantías de que el futuro puede llegar a ser tan oscuro como este rostro oculto y pernicioso de la tolerancia.
Vamos a mostrar seguidamente cómo afecta en diversas vertientes a la Egiptología este grave problema que, desgraciadamente, está ya asentado entre grandes grupos de egiptólogos que debido a su incorrecto comportamiento,
y éticamente hablando, no podemos considerar realmente como verdaderos egiptólogos.
Valor de las opiniones
El "respeto o consideración"
que comporta la auténtica tolerancia no consiste en igualar lo desigual o en equivaler ficticiamente las cosas cuyo valor es notablemente distinto.
Sin embargo, quienes profesan esta falsa tolerancia declaran que todas las opiniones son respetables, sin discriminación alguna, lo cual es absolutamente falso. Y si lo es, lo es más aún que las opiniones de todos los egiptólogos, por el hecho
simple de serlo, sean igualmente respetables, declaración que, aunque nos
sorprenda, muchos suelen anteceder casi como una tarjeta de visita con el
objetivo de mostrar una humildad que es falsa.
En el ámbito de las ideas, el respeto es siempre una consecuencia, nunca una premisa.
En los debates y escritos egiptológicos una opinión no es respetable
per se, sino en virtud de su correcto y completo contraste argumental para poder llegar a un mejor conocimiento de la realidad. Por supuesto, el dedicarse a la Egiptología no otorga
la corrección y completura argumentales como una gracia de los dioses. Si fuera cierta esta omnirespetabilidad egiptológica las opiniones valiosas serían tan respetables como las que por estar equivocadas no valen nada. Por otro lado, si la afirmación general de esta falsa tolerancia de que "todas las opiniones son respetables" fuera cierta también lo sería la opinión de que "ninguna opinión es respetable", lo que incurriría en absurdo.
Un
verdadero egiptólogo no pediría nunca respeto apriorístico para sí, pues
sabe que sería sólo la
perfección de su propio trabajo lo que lo haría automáticamente
respetable.,No obstante, si algún egiptólogo lo hiciera debe tenerse en
cuenta que respetar a un egiptólogo no significa respetar sus opiniones acatándolas sin más por el hecho de su dedicación a esta ciencia; antes bien, al contrario, respetar a un egiptólogo podría llegar a ser, si fuera necesario, el mostrarle
y demostrarle que sus opiniones están equivocadas y sugerirle el mejoramiento y corrección de las mismas. Paradójicamente,
aquellos egiptólogos que pretenden igualar el valor de todas las opiniones
de sus colegas, al declarar que respetan todas por igual, muestran una total falta de respeto por éstas y por
la posibilidad que poseen por sí mismas de mostrar su verdadero valor mediante su confrontación argumental.
SIn embargo es un fenómeno extendido en diversos medios.
"Tolerancia de mercado"
Hay también otro aspecto perverso de los espectros de la
falsa tolerancia en la que llamo "tolerancia de mercado". Esta falsa tolerancia
en nuestra ciencia es fruto de un contrato tácito entre falsos egiptólogos que consiste en "yo tolero completamente tus errores en tus publicaciones y manifestaciones si tu toleras completamente los míos".
E incluso "yo pido que no se discuta sobre tus escritos alegando que no
estás presente si tú haces lo propio conmigo", a pesar de que, en
teoría todos sabemos que un verdadero escrito egiptológico se tendría que
valer y bastar por sí sólo sin que hubiera de hacerse necesaria la
presencia de su autor para defender los postulados expresados en su
contenido. Afortunadamente, a menudo se olvida esta tolerancia desnaturalizada de que hay terceros que perciben los errores de
los compinchados y que gracias a la incomodidad de tener que sufrir el efecto y peligro de
dichos errores terminan por tener la necesidad de señalarlos, anulando así esta tolerancia de mercado y poniendo en evidencia a sus mercaderes. Para eso están, entre otras razones, las recensiones egiptológicas, por ejemplo.
Este tipo de tolerancia mercenaria en la Egiptología suele percibirse como característica notoria en
la publicación de libros con graves errores metodológicos --no hablamos
aquí de los que no merecen ni una crítica, por carecer por completo de las
condiciones mínimas necesarias para aspirar a ser considerados como
ciencia-- que pasado lárgamente el
tiempo rara vez son
criticados de cara al público que los va a recibir. Pero también suele
percibirse como característica notoria en los comportamientos en muchos foros de la Internet. Después de muchos años de ver cómo funcionan éstos en la Red de redes, pueden sacarse muchas conclusiones interesantes que podrán servir para prevenir a muchos de nuestros lectores al poder identificar los casos que vamos a describir.
En los debates, al no querer entrar a razonar las propias ideas debido a este acuerdo tácito con otros falsos egiptólogos, este
falso egiptólogo mercenario de la tolerancia desvirtuada recurre a un sinfín de subterfugios que lejos de servir a sus propósitos terminan por caracterizarlo y descubrirlo. De entrada, cualquier petición de explicación de sus opiniones es vista por él como una grave incomodidad, un insulto, un deseo de someter a su persona a una servidumbre que él no había
elegido y, por supuesto, una falta de respeto hacia su credibilidad como
"verdadero profesional" . Si, finalmente, no tiene más remedio que entrar en el debate suele evitar exponer sus ideas mediante todo tipo de ardides ya clásicos, como, por ejemplo, el de aludir a presuntas intenciones viciadas en su "oponente" o inefables tonos inconvenientes para
debatir --intenciones y tonos de los que, por supuesto, jamás demostrará su
existencia--, o el de declarar que la pretensión del otro "en intentar convencerle" no va a servir de nada porque él tiene sus propias opiniones
--que nunca expondrá o defenderá--.
Si la situación le hace imposible escabullir sus ideas del debate siempre suele intentar hacer exposición de las mismas con coletillas que él cree que blindan la posibilidad de que nadie debata con él; cosas como "no pretendo convencer a nadie" o "ésta es sólo mi opinión" o "es un simple comentario" o "son sólo mis reflexiones sobre este tema sin entrar en discusión" o la tan socorrida como paradójica de "sin ánimo de entrar en polémica". En otros casos se suele aducir razones tan graciosas como también manidamente socorridas, como, por ejemplo, llegar a decir que en realidad debatir argumentalmente no sirve de nada porque "no se convence el que no quiere" o que como hay puntos de vista muy distintos no se puede discutir
--!!!-- o que el que dos personas confronten ideas opuestas termina por enfrentarlos personalmente y por eso se evita exponerlas, afirmaciones todas ellas que más bien parecen
surgidas de superchería medieval. Todo esto muestra, por descontado, una absoluta falta de respeto también por terceros que puedan estar presenciando el debate, otra de las características sempiternas de la falsa tolerancia.
Se tolera hasta tal punto que un presunto
egiptólogopueda publicar cosas erróneamente concebidas, falaces o realizadas por procedimientos espúreos, que con el tiempo va desapareciendo la capacidad de detección de los daños perpetrados contra el código deontológico científico
de la Egiptología y los resultados que generan. Es como si la creación y mantenimiento de malas costumbres sumiera a parte de la comunidad
egiptológica --en realidad pseudoegiptológica, dadas estas premisas-- en un síndrome de Estocolmo en creciente justificación, como si lo normal fuese el comportamiento incorrecto pero lucrativo, y, por lo tanto, ya no se percibiese como algo extraño o ajeno. Estos
interpseudotolerantes
mancomunados sólo denuncian al cabo del tiempo aquellas barbaridades publicadas que resultan aparatosas incluso ante el gran público, simplemente
para guardar las apariencias y porque el no hacerlo podría romper la bonanza
--simbiótica para quienes la sostienen y parasitaria para con el resto del
mundo-- de su
falsa tolerancia de mercado para con las cosas mal hechas en el ámbito del
conocimiento egiptológico. Se trata de un autoengaño de dimensiones desproporcionadas que, lamentablemente, no queda jamás inconsecuente, pues afecta al resto de la humanidad. Los pocos
egiptólogos auténticosque detectan estos problemas y tienen el valor de ser coherentemente intolerantes con los mismos son anatemizados, pues al denunciar los malos
procedimientos --que sostienen a una gran mayoría de las personas que vivifican la ilusión de esta pseudociencia y
que dependen de
la continuidad de la misma-- están abocados a ser David ante Goliat.
Tolerancia como inmovilismo
soterrado
Posiblemente, en el mejor de los casos, este tipo de falso egiptólogo de
exagerada tolerancia consiente lo malo allí donde no tiene una idea clara de lo bueno
correspondiente ni de los medios por los que podría instituírse. Pero no
desea que nadie sepa de estas carencias.En tal circunstancia se trataría de un problema de ignorancia e incapacidad no reconocidas ni declaradas.
La reacción habitual a este tipo de situaciones es la de querer dejar las cosas
como están y disfrazar de mil maneras los motivos públicos para este inmovilismo.
Una
de las excusas habituales para este inmovilismo es que los propios colegas no se ponen de acuerdo
en cuáles deben ser los avances adecuados, lo cual es siempre falso, pues
no se trata de negociar acuerdos sino de buscar los mejores argumentos.
El Conocimiento jamás ha sido ni será democrático y por tanto jamás ha
cabido ni cabrá la posibilidad de que sea falsamente tolerante. La falsa
tolerancia de estos falsos egiptólogos, en su necesaria evitación de la confrontación de ideas
--pues para ellos, no lo olvidemos, todas valen lo mismo y además, deben impedir que se perciban sus
carencias--, prefiere la votación al debate, prefiere tomar decisiones inmediatas mediante el
dudoso poder del número o no hacer nada. Parecen ignorar también que la ciencia sólo admite el debate y la deliberación
argumentales, independientemente del número
y de la búsqueda de acuerdos. La ciencia no negocia con el Conocimiento.
Quizá algunos que se llaman a sí mismos científicos sí lo hagan, pero la
Ciencia nunca.
Las reglas de la ciencia
egiptológica y de su debate científico, que hay que respetar y aplicar, son un
constante estadio provisional que hay que intentar mejorar cada día sólo mediante su defensa y correcto cuestionamiento
argumental, pues de otro modo no hablaríamos de Ciencia ni de Egiptología.
Por ello, si la Egiptología hiciera uso de la tolerancia
excedida y pasada de rosca dejaría de ser ciencia, entre otros motivos, porque dejaría de poder avanzar al sentirse satisfecha con el estadio alcanzado hasta ese instante.
Este
falso egiptólogo que, por los motivos expuestos, tolera en exceso el estado en que
está la Egiptología en un momento determinado en cualquiera se sus facetas
--p.ej.: denominación de
objetos y conceptos, transcripción de terminología, revisión de la cronología
histórica, etc.--, aduce habitualmente que "ya nos hemos acostumbrado a este
estado de cosas y si nos manejamos o entendemos ¿para qué cambiar?". No se plantea
--o no se puede plantear-- si son mejorables. Esta actitud, como decimos, es propia de
falsos egiptólogos e intolerantes con el progreso necesario y factible, lo cual es una de las mayores calamidades que puedan acontecer al avance del
conocimiento científico del Egipto Antiguo. En Egiptología la tolerancia extrema con lo ya
establecido, simplemente porque es obviamente más cómodo que lo que
está por establecer --o porque oculta carencias oprobiosas--, es una segura
garantía de detención en el desarrollo de
esta ciencia. La tolerancia con la tradición anacrónica genera el inmovilismo en medio de un mundo
científico circundante que se mueve permanentemente avanzando.
El efecto en la educación
humanística
Para
la enseñanza de la Egiptología esta
tolerancia perversa que denunciamos es antipedagógicaen muchos sentidos.
Dado que para quienes promulgan esta tolerancia adulteradatodos los comportamientos valen lo mismo y ninguno tiene, pues, la necesaria
ejemplaridad, se concluye que carecen de comportamientos correctos que
admirar salvo su propio tipo de tolerancia y sus aplicaciones, lo que merma
claramente parte del motor psicológico del avance de los alumnos que puedan
estar bajo sus auspicios. Esta permisividad desmedida en la aceptación no
crítica de las cosas ha acabado con el asombro como motor del natural deseo de aprender, ya que se enseña que todo es igualmente válido y por lo tanto no existen contrastes que admirar.
Según esto, todos aquellos que no sigan este
modelo de tolerancia,
como le ocurre al egiptólogo de comportamiento estrictamente científico o el
recensionista que pone de manifiesto los comportamientos de colegas a
través de sus publicaciones, son vistos y publicitados como el antiejemplo, pues siempre
son intolerantes para con el pensamiento incorrecto, el comportamiento antisocial o los propios
vicios y defectos que ralentizan el avance. Estos falsos maestros de
Egiptología seguidores de este tipo febril de tolerancia, al no poder distinguir los
comportamientos que son ejemplares --o sea, aquellos que muestran corrección y
habilidad para llevarla a cabo del modo más amplio--, degeneran su
enseñanza rápidamente en una permisividad y caos donde quienes
hacen bien las cosas son vistos como el enemigo que hay que combatir,
perverso e injurioso, lo que
supone el mundo del revés. Lo peor de todo es que estos comportamientos
sientan escuela más fácilmente que los que siguen los dictados de la
ciencia, pues los alumnos acaban por ver que sus profesores consiguen el
éxito a pesar de sus graves defectos consentidos por sus colegas y,
siguiendo una conducta ahorradora de esfuerzos "innecesarios", ellos
tienden a imitar los comportamientos de sus maestros.
En
este mismo orden de cosas, otro aspecto preocupante que se derivaría de
esta tolerancia caótica en la educación de los futuros egiptólogos, pues
conduciría paulatinamente a la pérdida de calidad y, consecuentemente, al
fracaso completo de la carrera egiptológica y de la parte de
responsabilidad en los avances del momento, es el que podríamos llamar la justificación
falaz de las debilidades, que
conduce a la no superación y enquistamiento de éstas.
Es natural que se ignoren las lindes de lo consentible y todo aquello que supone un consentimiento ilícito, en ambos casos por no existir una formación
previa que lo argumente. Suele repetirse con
frecuencia alarmante que los errores, sean leves o graves, son parte de la
naturaleza e imperfección humanas, que todos somos humanos y cometemos
errores. Se esconde detrás de la reiteración indiscriminada de esta obviedad la falsa y
peligrosa idea de que todos tenemos las mismas responsabilidades. El alumno
escucha a menudo a estos falsos maestros de Egiptología, en todo caso y
lugar, "¡un fallo lo tiene cualquiera!". Sin embargo, la responsabilidad derivada de lo fallado y el calibre del mismo fallo hacen que no todos los fallos valgan lo mismo. No es lo mismo que un matemático se equivoque en un principio básico de la matemática que lo haga en una conclusión de alta matemática. Lo primero es muy grave, lo segundo es posible y esperable.
No es lo mismo que se equivoque alguien bajo cuya responsabilidad hay
millones de personas que alguien cuyo error sólo afecta a sí mismo. No es
lo mismo equivocarse en un planteamiento metodológico que afecta a toda
nuestra investigación que equivocarse en el resultado de una operación. No
es lo mismo, sin duda.
Por
otra parte, este falso maestro de Egiptología, tolerante desmedido, se vanagloria de su tolerancia enferma como si con
ella se hubiera llegado al summum de la perfección, pues no puede concebir diversos grados de valor y evolución en las
ideas o dejaría de poder sostener su tipo de tolerancia chata y gris que promueve la igualdad universal de lo universalmente desigual.
Le basta con contarse entre los egiptólogos para no cuestionarse más
ninguna otra cosa salvo el mantenerse allí como fuera necesario. Por lo tanto, está destinado a la detención de su propio avance y
evolución y la de aquellos que dependen de él, ya que no aspira a nada fuera de su extensa tolerancia a ras de tierra. La tolerancia se ha convertido en
algo así como su Mito y su Dios. Además, en el colmo del absurdo e
incoherencia de su postura de igualdad artificial, procura en secreto,
contradictoria e intolerantemente, que a su alrededor nadie admire otros modelos, pues esto supondría un oprobio para él difícil de superar y la evidencia de su sinrazón mediocre.
Pero, como apuntábamos antes, lo peor de todo no es esto, sino que esta actitud al frente de las
aulas es una de las más perniciosas que puedan concebirse, pues, por
inercia, es más fácil que causen escuela los fáciles vicios que las
esforzadas virtudes.
Si un profesor
de Egiptología enseña
de un modo argumental que unos determinados principios de comportamiento
científico son más sólidos y convincentes que otros --que, por lo tanto
serán menos "científicos"-- se tenderá a verlo como un educador que no cumple con su tarea de hacer ver que todas las cosas son igualmente atendibles e
importantes y que la ciencia es una actitud y no una forma de hacer las
cosas. Suele repetirse que la finalidad de la educación no es ahora mostrar y explicar determinados conocimientos sino crear la mentalidad adecuada
--abierta-- en el alumno que le permita aceptar por igual cualquier
conocimiento, cualquier propuesta. El problema es que al faltar en la formación de la mente del alumno
de estos falsos maestros --abierta a todo por igual gracias a la falsa tolerancia-- el aparataje discernitivo que le permita reconocer las cosas válidas el resultado final es que se lo está dejando indefenso ante la inmensidad. Si no se enseña a discernir los grandes valores porque, para el falso tolerante, éstos no pueden
existir difícilmente va a tener algún valor pedagógico el saber abrirse a las cosas, porque esta posición mental por sí misma sólo es un medio para, una vez
ante ellas, poder encontrar lo mejor de éstas.
Ahora se piensa que cualquier prohibición, represión o discriminación son malas en sí mismas, cuando es evidente que esas realidades están presentes en el mundo diariamente y
son imprescindibles para su propia evolución. Si no enseñamos a un niño pequeño que si mete la mano en el fuego se la va a quemar seríamos unos padres psicópatas. Esta enseñanza comporta paralelamente la
prohibición de meter la mano en el fuego, la represión de una curiosidad natural y una
discriminación fruto de la distinción entre los padres que saben y el niño que no sabe. No se es más libre por no conocer el mundo o no tener experiencia de éste, sino al contrario; si sabemos que el chorro de ácido sulfúrico destruirá nuestro rostro
somos más libres de no ser desfigurados por este compuesto químico. Además, hay muchas limitaciones o represiones pedagógicas; si tenemos un ojo izquierdo muy débil conseguiremos
fortalecerlo limitando el uso del derecho. No toda limitación es mala; limitamos la forma de una roca para convertirla en peldaños que nos permitan
ascender tan alto como necesitemos.
La
falta de formación en la educación del pensamiento, en el conocimiento y
dominio de la Lógica, en el reconocimiento de las argumentaciones
incorrectas o falaces, en la pertinencia de uso de cada medio, entre otras
muchas necesidades, conducen a las mayores dificultades --y, en última
instancia, al más estrepitoso fracaso-- de cualquier futuro
investigadorcientífico. En nuestros días se piensa que todas esas facultades,
habilidades y herramientas del raciocinio las hallará el alumno por sí
mismo e, injustamente, no se lo prepara específicamente para poder enfrentar las
disciplinas Humanísticas. La alienación presente en los planes de estudio
en educación es preparar al alumno para el mercado, incluso desde la más
tierna infancia, en detrimento horario de la formación humanística. Todas
estas bases viciadas producen una mayor facilidad para que poco a poco el individuo esté más presto espontáneamente a la tolerancia
excedida que venimos denunciando.
Desde
estas páginas abogamos por un futuro distinto al que la tolerancia
adulterada podría depararnos y para ello postulamos una formación lo más
esmerada posible en la herramientas del pensamiento, las únicas que
realmente permitirán desarrollar la ciencia de la Egiptología.
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