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«EGIPTOLOGÍA CIENTÍFICA Y DIVULGATIVA»

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Bases de la Egiptología Científica


Sumario

Introducción

¿Qué es la Egiptología?

Un ejemplo de contextualización de datos: el templo dedicado a Isis en Pompeya La "anormalidad" de los Estudios de Historia del Egipto antiguo

[conexión con el Boletín ISIS]


Un ejemplo de contextualización de datos:

El Templo dedicado a Isis en Pompeya

¿Significan los datos por sí solos?

 por Rafael Gómez Portela

Abstract: A single and isolated archaeological data has a partial validity. The absence of context shall affect on its inappropiate interpretation. That's why it's necessary to link it with other items and factors in order to get the right understanding. This article is a single attempt to show this methodological reality.

Resumen: Un dato arqueológico único y aislado posee una validez parcial. La ausencia de contexto puede afectar a su interpretación inapropiada. De ahí la necesidad de interrelacionarlo con otros elementos y factores para su correcta interpretación. El presente artículo es un intento sencillo de mostrar esta realidad metodológica.

Introducción

Pompeya es uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo. La erupción del Vesubio el 24 de agosto del año 79 d.C., que convirtió el día en noche, como narra con grave patetismo Plinio el Joven en su correspondencia a Tácito, sepultó la ciudad con un manto impenetrable de cenizas y piedra pómez durante casi diecisiete siglos, convirtiéndose en el sepulcro de una ciudad entera.

Al viajero que se acerca hasta sus calles no le queda otro remedio que dividirse entre sentimientos contradictorios: el asombro de descubrir, semi intacta, una urbe romana y felicitarse por su estado de conservación; el desgarro por el llanto de sus habitantes, prácticamente audible casi 2.000 años después; la curiosidad por comprender y descubrir cómo se vivía entonces; el recato que produce hollar sus moradas cuando le asalta la sensación de que el cabeza de familia le cortará el paso preguntándole airado hacia dónde se dirige sin permiso o el sentimiento de contemporaneidad mientras aún resultan legibles las pintadas debidas a sus moradores que declaran amor eterno o piden el voto para este o aquel político.

Ése es el cúmulo de impresiones que se agolpan en los rincones de la ciudad dormida a los pies del volcán, que la contempla con altiva indiferencia.

Pompeya fue fundada en el siglo VI a.C. por los oscos. Su historia es la de sus sucesivas pleitesías: samnitas, griegos, etruscos, nuevamente griegos y finalmente, a partir del año 80 a.C., romanos. Desde entonces hasta su destrucción, apenas un siglo después, la ciudad fue dibujando su actual fisonomía.

El periplo

Siendo amante de la arqueología y de la historia o simple viajero Pompeya es un regalo para los ojos. También lo es para el rendido al encanto de Egipto, ya que entre sus ruinas se conserva un templo dedicado a la diosa Isis, alumbrado en el siglo II a.C, como testimonio de la influencia y difusión de lo nilótico en el mayor imperio jamás conocido.

Bien puede por tanto el egiptólogo, aficionado o profesional, alegrarse de este vestigio de la cultura de Kemet [1] en el corazón de la Península Itálica.

Así lo pensó también el viajero, que plano en mano y tras haber ingresado en el conjunto por la Puerta de Nocera, en el sureste, entre la Gran Palestra y el Anfiteatro, adelantó camino sucesivamente por las Vías Castricio, Menandro y del Templo de Isis, hasta traspasar el umbral de este recinto.

Y allí se extasió con el pálido reflejo del antiguo esplendor faraónico: subió la breve escalinata que conducía al altar de las ofrendas y no le resultó difícil soñar el ya perdido rito, ni representarse la imagen de la diosa en su cella. Recostada la espalda en una de las columnas de ladrillo que rodean la construcción, todavía con restos del revestimiento original, exhaló un suspiro y se dijo que el viaje había merecido la pena.

Decididamente, el influjo de Egipto en Pompeya era significativo, superlativo, evidente.

Las dudas

Permaneció unos minutos en reverente silencio, paseando entre las ruinas y, ya satisfecha su prioridad, emprendió la exploración del resto de la ciudad con buen ánimo. Pero justo cuando se vio de nuevo sobre el empedrado de la calle le asaltó la primera de las dudas: ¿si tanto debía Pompeya a Egipto por qué el templo era de dimensiones tan reducidas?

Porque era cierto, no es que aquel templo no admitiera comparación con las grandes edificaciones religiosas que abundan en torno al Nilo, algo comprensible, sino que ni tan siquiera superaba los esquemas arquitectónicos de un humilde santuario.

La idea le molestó y más aún su constatación. El templo pompeyano carecía de dependencias anexas, lo que significaba que, en su día, estuvo dedicado exclusivamente al culto y no dispuso de otras atribuciones propias de sus hermanos egipcios: ni biblioteca, ni almacenes, ni un gran patio abierto al común de los fieles, ni la calzada procesional, ni despachos desde lo que controlar administrativa, económica y comercialmente grandes extensiones de terreno productivo... nada de nada. ¿Dónde había quedado el fulgor de antaño?

Se contentó pensando que tampoco podía esperarse el mismo nivel de implantación de la religión propia que el de una extranjera.

Todavía un tanto distraído en sus lucubraciones se halló de improviso en el Foro. Como viajero leído sabía que aquella plaza constituía el centro de la actividad diaria en todos los órdenes: el macellum o mercado, la basílica (sede del tribunal de justicia), el capitolio (equiparable a los actuales ayuntamientos), la eumachia (donde se congregaban las corporaciones de fabricantes de paños, tintoreros y lavanderos), el comitium (asamblea de los ciudadanos), el santuario de los lari (dioses tutelares), las termas (lugares de asueto y descanso del cuerpo pero donde también se cerraban muchas transacciones comerciales y alianzas políticas) y... ¡los templos principales! Allí estaba el del emperador Vespasiano, el de Apolo, el de Fortuna Augusta (patrona de la villa), pero no el de Isis.

Aquella desubicación no hizo sino desconcertarle. ¿Cómo era posible que a Isis no se le hubiera reservado un espacio en el corazón de la ciudad? Empezaba a temerse que los antiguos pompeyanos no habían guardado la debida consideración a la diosa.

Desanduvo los pasos y se encontró de nuevo en el dintel de acceso al templo, los ojos fijos en el plano que le habían proporcionado en la oficina de venta de entradas. Lo curioso era que, de acuerdo con la planta allí representada, tampoco había sido levantado en el cardo o en alguno de los decumeni. [2] De hecho no se alzaba en ninguna de las áreas características de cualquier población romana: no sólo en alguna de las anteriores, sino tampoco cercano a la Gran Palestra [3] o al Anfiteatro [4]. Únicamente el Teatro y el Odeón [5] aparecían en las proximidades. ¡Qué desastre! Si aquel plano no se equivocaba (e iba comprobando paulatinamente su veracidad), los pompeyanos habían construido el Templo de Isis en un barrio de relevancia secundaria, marginándolo a un emplazamiento lindante con la muralla sur.

Fue entonces cuando el viajero comenzó a preguntarse por la real significación de tantos detalles aislados e intentó conferirles una estructura homogénea y unitaria. En el fondo Pompeya jamás había sido un enclave de señalado lustre político. Junto con la vecina Herculano, también desaparecida bajo la fiereza del Vesubio, se había convertido en lo que hoy identificaríamos con un complejo turístico, en el que descansaban del rigor estival romano o napolitano las familias cuyo patrimonio se lo permitía. Tampoco había destacado especialmente por su dedicación comercial, ya que el puerto de Nápoles acogía la mayor parte del tráfico marítimo que tenía como origen o destino aquellas costas sureñas. De hecho Pompeya era una ciudad de tamaño pequeño-medio cuya subsistencia dependía básicamente de la agricultura, gracias a la fertilidad de la tierras volcánicas que la rodeaban y del exiguo comercio generado en torno a los cultivos.

El viajero pensó en los avatares políticos que conmovieron Roma en las fechas adyacentes al desastre. Entre los años 68 y 69 se sucedieron tres emperadores de memoria intrascendente: Galba, Otón y Vitelio. La consiguiente guerra civil se saldó con el reino de Vespasiano, quien murió pocos meses antes de que el Vesubio expulsara su furia interior. Y apenas dos años después, el hijo sucesor, Tito, caía víctima de una epidemia, no sin antes asistir horrorizado a un nuevo incendio en la capital imperial tras el que la asoló en época de Nerón. Decididamente no corrían buenos tiempos.

No, no debían serlo, ni Pompeya próspera, si los efectos devastadores del terremoto del año 62 aún eran visibles aquella infortunada fecha de agosto, ya que muchos de los edificios emblemáticos todavía no habían sido reconstruidos en su totalidad, mientras que otros, más desgraciados, continuaban en el paupérrimo estado en el que les sumió el movimiento de la tierra.

¿Qué era, por tanto, Pompeya? Un minúsculo punto del Imperio que nunca hubiera alcanzado la fama de no ser porque el destino le había deparado un fin trágico y porque la pala del arqueólogo se había topado con sus restos a mediados del siglo XVIII.

El viajero terminó la visita libre ya de todo prejuicio, dedicándose con deleite a dejarse llevar por un trozo de la historia, de la vida cotidiana del pasado. Dejaría para su regreso al hogar la respuesta a tanta pregunta como aquella experiencia le había planteado.

Resumen / Conclusión

El objetivo de este sencillo experimento no es tratar de discernir el grado de influencia del culto a Isis en la sociedad pompeyana. Aún menos el del legado religioso egipcio en el mundo romano.

A lo máximo que aspira es a compartir el viaje iniciático del protagonista y comprobar cómo un elemento aislado y desconexionado puede desembocar en una certeza inválida.

Cuando el investigador se tropieza con un dato arqueológico ha de procurar relacionarlo con el mayor número de elementos posible a fin de alcanzar su verdadera identidad. El concepto inicial que nuestro hipotético visitante se hace a partir de la contemplación del Templo de Isis va sufriendo varias reconsideraciones a medida que es capaz de poner en contacto esa realidad única con realidades colaterales que lo sitúan en su contexto.

En el caso presente subyace el análisis genérico de aspectos conocidos de dos culturas diferentes pero que compartieron una parte de su existencia.

A nivel práctico se extraen los instrumentos que han permitido al anónimo viajero la fundamentación de sus razonamientos:

a)     Caracterización dimensional: mediante el estudio sucinto de la planimetría del templo y su comparación con el templo estándar egipcio.

b)     Dimensión espacial: a través de

b.1) localización dentro de los límites de la ciudad y su correlación con  los complejos y edificios más importantes de la misma y

b.2) situación respecto a las vías principales.

c)     Dimensión político-histórica: aprovechando fuentes documentales que exploren las circunstancias del momento temporal y social de la ciudad al ocasionarse su destrucción, así como los antecedentes.

No son éstas las únicas herramientas que de haberlo pretendido hubieran servido al viajero para nuestro propósito. Podría haber ahondado en el influjo de la metrópoli --donde el culto a Isis gozó de cierto y reconocido arraigo--, en los usos y costumbres de las provincias, en la posibilidad del asentamiento --permanente o circunstancial-- en Pompeya de gentes cuya dedicación comercial les hubiera relacionado con tierras o gentes egipcias o con gentes acostumbradas a viajar a Egipto o incluso con una pequeña comunidad egipcia inmigrada... Las alternativas son variopintas pero bastan las aquí esgrimidas para orientar al lector, siquiera brevemente, sobre la trascendencia de contrastar datos, hallazgos e informaciones con fuentes adicionales no ligadas necesariamente a primera vista con aquello que deviene en objeto de estudio.

Bibliografía básica

PIANTA DEGLI SCAVI ARCHEOLOGICA DI POMPEI. Editada por el Ministero per i Beni e le Attivitá Culturali de Italia a través de la Soprintendenza Archeologica di Pompei.

POMPEI ARQUEOLÓGICA. Folleto divulgativo editado por la Azienda Autonoma di Cura Soggiorno e Turismo de Pompeya.

DE FRANCISCIS, A., Pompeya: monumentos en el pasado y en el presente, Roma, Vision S.R.L., 1995.

HURTADO AGUÑA, JULIÁN, Pompeya y Herculano, http://www.arturosoria.com/historia/art/pompeya.asp

MONTANELLI, INDRO, Historia de Roma, Esplugues de Llobregat (Barcelona), Plaza & Janés Editores S.A., 1985.


[1] Uno de los nombres que los egipcios dieron a su país y que significa tierra negra (kmt), en referencia al color oscuro típico del suelo tras la inundación.

[2] El urbanismo de las ciudades romanas se articulaba en torno a dos calles principales: el cardo, que la recorría de norte a sur y el decumeno, que lo hacía en dirección oeste-este. En Pompeya se repite el esquema con una leve variante: un cardo (Via Stabiana) y dos decumeni (Via dell’Abbondanza y Via di Nola).

[3] La Palestra se correspondía con lo que hoy denominaríamos un gimnasio, si bien con matices. A él acudía la élite para ejercitarse en diversos deportes. Asimismo era el lugar de entrenamiento de los gladiadores y cumplía una función docente, pues en ella se daban cita los jóvenes estudiantes como parte de su formación.

[4] Edificio de planta ovalada o circular en el que tenían lugar los más variados espectáculos, incluidas las afamadas munera o lucha de gladiadores. No confundir con el circo, donde se disputaban las carreras de carros.

[5] En ocasiones denominado Teatro Pequeño, solía albergar recitales poéticos o musicales.

Sumario

Introducción

Un ejemplo de contextualización de datos


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 Agustín Barahona Juan 1996 - . Todos los derechos de copia o reproducción están reservados. Copyright.