Abstract:
A single and isolated archaeological data has a partial
validity. The absence of context shall affect on its inappropiate interpretation. That's
why it's necessary to link it with other items and factors in order to get the right understanding.
This article is a single attempt to show this methodological reality.
Resumen:
Un dato arqueológico único y aislado posee una validez parcial. La ausencia de contexto puede afectar a su interpretación inapropiada. De ahí la
necesidad de interrelacionarlo con otros elementos y factores para su correcta interpretación. El presente artículo es un intento sencillo de
mostrar esta realidad metodológica.
Introducción
Pompeya
es uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo. La erupción
del Vesubio el 24 de agosto del año 79 d.C., que convirtió el día en noche,
como narra con grave patetismo Plinio el Joven en su correspondencia a Tácito,
sepultó la ciudad con un manto impenetrable de cenizas y piedra pómez durante
casi diecisiete siglos, convirtiéndose en el sepulcro de una ciudad entera.
Al
viajero que se acerca hasta sus calles no le queda otro remedio que dividirse
entre sentimientos contradictorios: el asombro de descubrir, semi intacta, una
urbe romana y felicitarse por su estado de conservación; el desgarro por el
llanto de sus habitantes, prácticamente audible casi 2.000 años después; la
curiosidad por comprender y descubrir cómo se vivía entonces; el recato que
produce hollar sus moradas cuando le asalta la sensación de que el cabeza de
familia le cortará el paso preguntándole airado hacia dónde se dirige sin
permiso o el sentimiento de contemporaneidad mientras aún resultan legibles las
pintadas debidas a sus moradores que declaran amor eterno o piden el voto para
este o aquel político.
Ése
es el cúmulo de impresiones que se agolpan en los rincones de la ciudad dormida
a los pies del volcán, que la contempla con altiva indiferencia.
Pompeya
fue fundada en el siglo VI a.C. por los oscos. Su historia es la de sus
sucesivas pleitesías: samnitas, griegos, etruscos, nuevamente griegos y
finalmente, a partir del año 80 a.C., romanos. Desde entonces hasta su
destrucción, apenas un siglo después, la ciudad fue dibujando su actual
fisonomía.
El
periplo
Siendo
amante de la arqueología y de la historia o simple viajero Pompeya es un regalo
para los ojos. También lo es para el rendido al encanto de Egipto, ya que entre
sus ruinas se conserva un templo dedicado a la diosa Isis, alumbrado en el siglo
II a.C, como testimonio de la influencia y difusión de lo nilótico en el mayor
imperio jamás conocido.
Bien
puede por tanto el egiptólogo, aficionado o profesional, alegrarse de este
vestigio de la cultura de Kemet [1]
en
el corazón de la Península Itálica.
Así
lo pensó también el viajero, que plano en mano y tras haber ingresado en el
conjunto por la Puerta de Nocera, en el sureste, entre la Gran Palestra y el
Anfiteatro, adelantó camino sucesivamente por las Vías Castricio, Menandro y
del Templo de Isis, hasta traspasar el umbral de este recinto.
Y
allí se extasió con el pálido reflejo del antiguo esplendor faraónico: subió
la breve escalinata que conducía al altar de las ofrendas y no le resultó difícil
soñar el ya perdido rito, ni representarse la imagen de la diosa en su cella.
Recostada la espalda en una de las columnas de ladrillo que rodean la construcción,
todavía con restos del revestimiento original, exhaló un suspiro y se dijo que
el viaje había merecido la pena.
Decididamente,
el influjo de Egipto en Pompeya era significativo, superlativo, evidente.
Las dudas
Permaneció
unos minutos en reverente silencio, paseando entre las ruinas y, ya satisfecha
su prioridad, emprendió la exploración del resto de la ciudad con buen ánimo.
Pero justo cuando se vio de nuevo sobre el empedrado de la calle le asaltó la
primera de las dudas: ¿si tanto debía Pompeya a Egipto por qué el templo era
de dimensiones tan reducidas?
Porque
era cierto, no es que aquel templo no admitiera comparación con las grandes
edificaciones religiosas que abundan en torno al Nilo, algo comprensible, sino
que ni tan siquiera superaba los esquemas arquitectónicos de un humilde
santuario.
La
idea le molestó y más aún su constatación. El templo pompeyano carecía de
dependencias anexas, lo que significaba que, en su día, estuvo dedicado
exclusivamente al culto y no dispuso de otras atribuciones propias de sus
hermanos egipcios: ni biblioteca, ni almacenes, ni un gran patio abierto al común
de los fieles, ni la calzada procesional, ni despachos desde lo que controlar
administrativa, económica y comercialmente grandes extensiones de terreno
productivo... nada de nada. ¿Dónde había quedado el fulgor de antaño?
Se
contentó pensando que tampoco podía esperarse el mismo nivel de implantación
de la religión propia que el de una extranjera.
Todavía
un tanto distraído en sus lucubraciones se halló de improviso en el Foro. Como
viajero leído sabía que aquella plaza constituía el centro de la actividad
diaria en todos los órdenes: el macellum
o mercado, la basílica (sede del
tribunal de justicia), el capitolio
(equiparable a los actuales ayuntamientos), la eumachia
(donde se congregaban las corporaciones de fabricantes de paños, tintoreros y
lavanderos), el comitium
(asamblea de los ciudadanos), el santuario
de los lari
(dioses tutelares), las termas
(lugares de asueto y descanso del cuerpo pero donde también se cerraban muchas
transacciones comerciales y alianzas políticas) y... ¡los templos principales!
Allí estaba el del emperador Vespasiano, el de Apolo, el de Fortuna Augusta
(patrona de la villa), pero no el de Isis.
Aquella
desubicación no hizo sino desconcertarle. ¿Cómo era posible que a Isis no se
le hubiera reservado un espacio en el corazón de la ciudad? Empezaba a temerse
que los antiguos pompeyanos no habían guardado la debida consideración a la
diosa.
Desanduvo
los pasos y se encontró de nuevo en el dintel de acceso al templo, los ojos
fijos en el plano que le habían proporcionado en la oficina de venta de
entradas. Lo curioso era que, de acuerdo con la planta allí representada,
tampoco había sido levantado en el cardo
o en alguno de los decumeni.
[2]
De
hecho no se alzaba en ninguna de las áreas características de cualquier
población romana: no sólo en alguna de las anteriores, sino tampoco cercano a
la Gran Palestra [3]
o
al Anfiteatro [4].
Únicamente el Teatro y el Odeón [5]
aparecían
en las proximidades. ¡Qué desastre! Si aquel plano no se equivocaba (e iba
comprobando paulatinamente su veracidad), los pompeyanos habían construido el
Templo de Isis en un barrio de relevancia secundaria, marginándolo a un
emplazamiento lindante con la muralla sur.
Fue
entonces cuando el viajero comenzó a preguntarse por la real significación de
tantos detalles aislados e intentó conferirles una estructura homogénea y
unitaria. En el fondo Pompeya jamás había sido un enclave de señalado lustre
político. Junto con la vecina Herculano, también desaparecida bajo la fiereza
del Vesubio, se había convertido en lo que hoy identificaríamos con un
complejo turístico, en el que descansaban del rigor estival romano o napolitano
las familias cuyo patrimonio se lo permitía. Tampoco había destacado
especialmente por su dedicación comercial, ya que el puerto de Nápoles acogía
la mayor parte del tráfico marítimo que tenía como origen o destino aquellas
costas sureñas. De hecho Pompeya era una ciudad de tamaño pequeño-medio cuya
subsistencia dependía básicamente de la agricultura, gracias a la fertilidad
de la tierras volcánicas que la rodeaban y del exiguo comercio generado en
torno a los cultivos.
El
viajero pensó en los avatares políticos que conmovieron Roma en las fechas
adyacentes al desastre. Entre los años 68 y 69 se sucedieron tres emperadores
de memoria intrascendente: Galba, Otón y Vitelio. La consiguiente guerra civil
se saldó con el reino de Vespasiano, quien murió pocos meses antes de que el
Vesubio expulsara su furia interior. Y apenas dos años después, el hijo
sucesor, Tito, caía víctima de una epidemia, no sin antes asistir horrorizado
a un nuevo incendio en la capital imperial tras el que la asoló en época de
Nerón. Decididamente no corrían buenos tiempos.
No,
no debían serlo, ni Pompeya próspera, si los efectos devastadores del
terremoto del año 62 aún eran visibles aquella infortunada fecha de agosto, ya
que muchos de los edificios emblemáticos todavía no habían sido reconstruidos
en su totalidad, mientras que otros, más desgraciados, continuaban en el paupérrimo
estado en el que les sumió el movimiento de la tierra.
¿Qué
era, por tanto, Pompeya? Un minúsculo punto del Imperio que nunca hubiera
alcanzado la fama de no ser porque el destino le había deparado un fin trágico
y porque la pala del arqueólogo se había topado con sus restos a mediados del
siglo XVIII.
El
viajero terminó la visita libre ya de todo prejuicio, dedicándose con deleite
a dejarse llevar por un trozo de la historia, de la vida cotidiana del pasado.
Dejaría para su regreso al hogar la respuesta a tanta pregunta como aquella
experiencia le había planteado.
Resumen
/ Conclusión
El
objetivo de este sencillo experimento no es tratar de discernir el grado de
influencia del culto a Isis en la sociedad pompeyana. Aún menos el del legado
religioso egipcio en el mundo romano.
A
lo máximo que aspira es a compartir el viaje iniciático del protagonista y
comprobar cómo un elemento aislado y desconexionado puede desembocar en una
certeza inválida.
Cuando
el investigador se tropieza con un dato arqueológico ha de procurar
relacionarlo con el mayor número de elementos posible a fin de alcanzar su
verdadera identidad. El concepto inicial que nuestro hipotético visitante se
hace a partir de la contemplación del Templo de Isis va sufriendo varias
reconsideraciones a medida que es capaz de poner en contacto esa realidad única
con realidades colaterales que lo sitúan en su contexto.
En
el caso presente subyace el análisis genérico de aspectos conocidos de dos
culturas diferentes pero que compartieron una parte de su existencia.
A
nivel práctico se extraen los instrumentos que han permitido al anónimo
viajero la fundamentación de sus razonamientos:
a)
Caracterización dimensional:
mediante el estudio sucinto de la planimetría del templo y su comparación
con el templo estándar egipcio.
b)
Dimensión espacial:
a través de
b.1)
localización
dentro de los límites de la ciudad y su correlación con
los complejos y edificios más importantes de la misma y
b.2)
situación respecto a las vías principales.
c)
Dimensión político-histórica:
aprovechando fuentes documentales que exploren las circunstancias del momento
temporal y social de la ciudad al ocasionarse su destrucción, así como los
antecedentes.